A las tres en punto, como si el reloj se hubiera puesto de acuerdo con mis recuerdos, sonó el timbre. Yo tenía las manos húmedas de enjuagar el arroz, y el delantal, manchado de mole, se pegó a mis caderas cuando me lo sequé con prisa. El aroma del pollo con mole se había metido en cada rincón de la casa, mezclándose con la fragancia limpia de las gardenias recién cortadas del jardín delantero. No era un banquete, pero sí lo mejor que mis manos podían ofrecer para un día como ese. Era el Día de las Madres, y mi corazón, aunque cansado, aún sabía latir con ilusión.
Abrí la puerta y lo vi: Ricardo, mi único hijo, parado en el umbral con esa sonrisa de catálogo que aprendió a usar cuando se hizo hombre de negocios. Traía un traje azul oscuro que parecía nuevo, y los zapatos tan brillantes que el pasillo, con su mosaico gastado, se reflejó en ellos como un charco. Detrás de él, un paso más atrás y con una bolsa de una floristería cara, venía Samantha. Vestido blanco, uñas perfectas, perfume dulce que se imponía como una opinión fuerte. Me abrazaron, cada uno a su estilo: él con fuerza, como si quisiera apretar el pasado; ella con un roce calculado, midiendo la distancia.

—Mamá —dijo Ricardo, todavía con la sonrisa—. Feliz día.
—Gracias, hijo. Pasen, pasen. El mole ya está espeso.
Entraron a la sala, esa misma donde él aprendió a leer, donde echaba sus mochilas, donde lloró la primera vez que se peleó con un amigo. Los muebles están viejos, sí, pero limpios; las orillas de los sillones cubiertas con ganchillo para que no se gasten más. Me gusta pensar que todo tiene su sitio, que aunque la vida me haya ido quitando cosas —a su padre, las fuerzas, las manos ágiles para coser—, la casa sigue siendo una pequeña patria bajo mi mando.
No nos habíamos sentado cuando, con una voz suave que traía una seriedad que me atravesó como un alfiler, mi hijo soltó:
—¿Estás disfrutando de los siete mil, mamá?
Me quedé de piedra, con el cucharón en el aire, el mole goteando en cámara lenta de vuelta a la cacerola
El cucharón cayó en la olla con un chapoteo sordo. El aroma dulce y picante del mole se mezcló con un sabor metálico que subió desde mi garganta. Siete mil. No había contado billetes, no había firmado papeles. Yo no había recibido nada.
—¿Siete mil? —pregunté, con la voz más baja de lo que hubiera querido.
Ricardo y Samantha se miraron. Esa mirada rápida que comparten las parejas cuando saben algo que tú no sabes, como si hablaran un idioma secreto.
—Sí, mamá —dijo él, frunciendo apenas el ceño—. Los siete mil dólares que te mandé hace tres meses.
Mi estómago se encogió. Tres meses. Yo llevaba tres meses vendiendo tamales los domingos para poder pagar el gas. Tres meses estirando cada peso, cosiendo mi ropa vieja para no gastar.
—Hijo… —empecé, pero Samantha me interrumpió.
—¿No te llegaron? —dijo ella, con un tono demasiado inocente para ser sincero.
Negué con la cabeza. Mi hijo se pasó la mano por el cabello, frustrado.
—¡No puede ser! ¡Hablé directamente con el banco! ¡Me dijeron que lo depositaron en tu cuenta!
El corazón me dio un vuelco. La única cuenta que yo tenía era la que me ayudó a abrir… él. Tomás. El vecino amable que me llevaba al mercado cuando me dolían las rodillas, que me decía “Doña María, yo le ayudo con eso”, que me enseñó a usar el cajero. Él tenía mi confianza… y mi tarjeta.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Mamá, ¿a quién más le diste tus datos? —preguntó Ricardo, con una dureza que nunca le había escuchado.
Las lágrimas me nublaron los ojos. Recordé cada sonrisa de Tomás, cada bolsa de mandado que cargó por mí, cada conversación en la que me decía que no debía preocuparme, que él cuidaría de mí.
—A Tomás —susurré, apenas audible.
Ricardo se levantó de golpe, la silla chirrió contra el piso. Samantha lo siguió, con el celular en la mano.
—Vamos a ir a hablar con ese hombre —dijo Ricardo, sin mirarme.
Me quedé paralizada. Afuera, el sol del atardecer se filtraba por las cortinas, pintando todo de naranja, como si el día quisiera advertirnos que la calma estaba por romperse.
Diez minutos después, la puerta se cerró de golpe tras ellos, dejándome sola en el eco de mi respiración entrecortada. Me senté en el sillón donde él, mi niño, había leído su primer libro, y ahí, entre crochet y recuerdos, esperé.
No pasó mucho antes de que el sonido de gritos llegara desde la calle. Mi corazón se aceleró. Me asomé por la ventana y vi a Ricardo sujetando a Tomás por el cuello de la camisa. El vecino que alguna vez me sonrió tenía los ojos llenos de miedo. Samantha grababa con el teléfono.
—¡Devuélvele el dinero a mi madre, maldito! —rugía mi hijo, y en su voz había algo nuevo: la rabia de un niño que se cansó de ver a su madre sufrir.
Tomás balbuceó, negó con la cabeza, pero su mirada lo delató: culpabilidad pura. La gente empezaba a salir de sus casas, el chisme corriendo más rápido que el viento.
—¡Llama a la policía! —gritó Samantha.
Yo no pude moverme. Todo giraba a mi alrededor: el dinero perdido, la traición de un amigo, la furia de un hijo que había jurado que yo nunca volvería a llorar.
Y en medio de ese caos, mientras escuchaba las sirenas acercarse, sentí algo extraño: una calma fría, como si todo se acomodara en su sitio. Mi niño ya no era un niño. Y yo… ya no estaba sola.
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