
Elena había desaparecido del pueblo como una sombra una madrugada de noviembre, sin una palabra, sin un adiós. Para algunos fue una huida, para otros, un acto de supervivencia. Lo cierto es que, después de que Marcos la dejara por una mujer más joven y le dijera que su amor “no era suficiente para construir una familia”, ella empacó lo poco que le quedaba de dignidad y se marchó.
Durante seis años, Marcos no supo nada de ella. Se casó de nuevo, sin hijos. Vivía una vida tranquila, si bien un tanto monótona, en la misma casa donde había hecho llorar a Elena tantas noches. Había enterrado el recuerdo de ella como quien entierra una mala inversión emocional.
Pero aquella tarde de otoño, mientras podaba el jardín, la vio. Elena, más serena, más segura, con la cabeza alta y una mirada que ya no temblaba. A su lado, caminaban dos niños de cinco años, con el mismo cabello oscuro y los mismos ojos castaños que él veía cada mañana en el espejo.
—Hola, Marcos —dijo ella, sin rastro de rencor—. Ellos querían conocer a su padre.
Él se quedó helado. El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza que no sentía desde hacía años. Miró a los niños, que lo observaban con una mezcla de timidez y curiosidad. No necesitaba pruebas de ADN. Eran suyos.
—¿Por qué no me lo dijiste? —logró murmurar.
—Porque cuando me dejaste, me dijiste que no querías una familia. Así que respeté tu deseo. Pero ahora ellos preguntan, y merecen una respuesta.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier reproche. Marcos sintió cómo una parte de su alma se quebraba, esa parte que nunca había terminado de cicatrizar.
—¿Y ahora? —preguntó él.
—Ahora depende de ti —respondió Elena—. Yo ya hice mi parte.
Y con una sonrisa leve pero firme, tomó la mano de sus hijos y les dijo:
—Vamos, papá necesita tiempo.
Y se marcharon, dejándolo allí, entre las hojas secas y el aroma amargo del arrepentimiento.
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