Álvaro, un guardia de seguridad, se quedó pasmado, con los ojos entrecerrados como si no pudiera creer lo que había escuchado. Estaba en el vestíbulo de la planta baja de un edificio corporativo en Santa Fe, Ciudad de México, junto al escritorio de recepción. El aire fresco del invierno capitalino le helaba las manos, que frotaba una contra la otra.
Frente a él estaba María, una empleada de oficina con la que apenas cruzaba saludos. Hoy, sin embargo, lo miraba con urgencia, con el rostro tenso y los ojos fijos en la entrada de cristal que daba al estacionamiento.

—Mis familiares llegaron de sorpresa desde Michoacán… —dijo con voz entrecortada—. Ellos no saben que estoy divorciada. No quiero que se decepcionen. ¿Podrías ayudarme por hoy?
Álvaro se rascó la cabeza y soltó un suspiro largo. Su trabajo de seguridad no tenía nada que ver con los problemas familiares de los empleados. Pero aquellas pupilas, que mezclaban miedo y desesperación, lo desarmaron.
—Está bien… ¿pero qué tengo que hacer? —preguntó, entre nervioso y confundido.
María respiró aliviada. Explicó que sólo tenía que acompañarla a recibir a sus parientes, presentarse como su esposo y luego sentarse a comer con ellos. Nada exagerado, sólo aparentar ser cercano.
Álvaro pensó que aquello sonaba casi cómico. Él, soltero, con más de tres años trabajando como guardia con un sueldo modesto pero suficiente, jamás imaginó interpretar el papel de “esposo falso” de una mujer inteligente y atractiva como María.
En ese momento un autobús se detuvo frente al edificio y de él bajaron varios hombres y mujeres. El corazón de María dio un salto. Sin pensarlo, tomó la manga de Álvaro con fuerza. Su mano estaba helada.
—Por favor, ayúdame… —susurró.
Él asintió. Y así comenzó la historia del “esposo de mentira”.
El lugar elegido fue una pequeña fonda en la colonia Doctores, con mesas sencillas y olor a caldo de res, pescado a la veracruzana y tortillas recién hechas. La mesa para seis estaba lista, con guisos humeantes y café de olla.
—¡Vaya! ¿Este es el esposo de María? ¡Qué caballero se ve! —exclamó la tía, sonriendo mientras lo miraba de arriba abajo.
Álvaro sonrió forzadamente, el corazón golpeándole como tambor. Nunca había actuado frente a tantas miradas inquisitivas.
María intervino rápido:
—Sí, él es Álvaro, mi esposo. Trabaja como guardia en este edificio. No es un puesto grande, pero es estable y él siempre es muy respetuoso.
Álvaro se sorprendió por la naturalidad con que lo presentó, con una calidez extraña.
El tío, tomando un trago de tequila, asintió satisfecho:
—Lo importante es el amor, no el trabajo. Cualquier oficio es valioso.
Poco a poco, el ambiente se relajó. Aunque Álvaro seguía nervioso, debía recordar nombres, aparentar familiaridad y responder con cuidado.
Las preguntas inevitables llegaron:
—¿Y para cuándo el bebé? —preguntó la prima con picardía.
María bajó la mirada, incómoda. Álvaro tomó aire y contestó:
—Lo hemos pensado, pero el trabajo nos tiene ocupados. Tal vez más adelante.
La mesa asintió y la charla se desvió hacia la vida en el rancho, las cosechas y los recuerdos de infancia. María lo miró con gratitud, con un brillo extraño en los ojos: como si no hubiera esperado tanta destreza de él.
Pero entonces la prima soltó otra broma:
—María es afortunada de tener un esposo así. Pero… ¿por qué nunca hemos visto fotos de la boda?
Un silencio breve cayó sobre la mesa. Álvaro se tensó. María sonrió con firmeza:
—Nos casamos en el registro civil, muy sencillo, sin fiesta grande. Por eso casi no tenemos fotos.
Las cabezas asintieron, y los platos siguieron llenándose. Pero Álvaro sintió un escalofrío: esa sonrisa escondía un secreto profundo.
Al final, cuando todos terminaron, el tío le dio una palmada en el hombro:
—Cuida bien de María, muchacho. Se nota que eres buena persona.
Álvaro sólo pudo asentir, sin atreverse a mirarla de frente. Tenía miedo de que la línea entre lo falso y lo real ya no existiera.
Por la tarde, los familiares subieron de nuevo al autobús rumbo a Michoacán. María y Álvaro respiraron aliviados, como si hubieran salido de una obra de teatro interminable.
Quedaron de pie frente al portón del edificio, el viento movía hojas secas. Permanecieron en silencio hasta que María inclinó un poco la cabeza:
—Gracias. Si no fuera por ti, no sé cómo lo habría enfrentado.
Álvaro sonrió con incomodidad:
—No fue nada. Sólo estaba… actuando.
Pero en su pecho algo se sentía vacío. ¿Por qué extrañaba ya aquella “actuación”?
María calló un momento. Luego su voz tembló:
—Hace más de dos años que me divorcié. Mis parientes aún creen que vivo un matrimonio feliz. No quiero decepcionarlos. Hoy fui egoísta al arrastrarte a esto.
Álvaro la miró y, por primera vez, vio en sus ojos una fragilidad inmensa. Respondió suave:
—No fue egoísmo. Todos tenemos verdades difíciles de decir. Yo te entiendo.
En ese instante nació una complicidad extraña. Ya no era un guardia y una empleada fingiendo; eran dos almas encontrándose en su soledad.
Cuando María se marchaba con su bolso, Álvaro la detuvo:
—Si algún día necesitas que alguien vuelva a hacer este papel… llámame.
La frase sonó medio en broma, medio en serio. Ambos sintieron que el corazón se les aceleraba. María volteó, y esta vez sonrió de verdad, cálida y sincera:
—Quizá un día deje de ser sólo un papel.
Álvaro la vio alejarse por la calle, con una chispa de esperanza encendiéndose en su vida tranquila.
Lo que comenzó como la historia de un “esposo de mentira por un día” terminó abriendo la puerta a algo más: la posibilidad de un camino real, donde ya no habría necesidad de fingir.
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