
El teléfono sonó apenas dos veces, cuando una voz grave y tranquila contestó al otro lado:
— «¿Clara? Por fin…»
Cerré los ojos un instante. La mano me temblaba, pero la voz salió firme:
— «Señor Gutiérrez, ha llegado el momento. Necesito su ayuda.»
No me preguntó nada más. Solo me pidió que le enviara mi ubicación. Menos de una hora después, una limusina negra apareció en la carretera vacía.
El chófer bajó, abrió la puerta y me invitó a subir.
Dentro olía a madera noble y cuero. Frente a mí estaba Alejandro Gutiérrez, un hombre de cabello plateado y mirada penetrante.
— «Tu abuela siempre dijo que eras mucho más fuerte de lo que aparentabas. He esperado este momento.»
Sonreí con amargura.
— «¿Fuerte? Ahora me siento hecha pedazos.»
— «No, Clara. Lo que sientes es el inicio de tu renacimiento.»
En los días siguientes, Alejandro puso a mi disposición una red de abogados y asesores financieros. Gracias a ellos descubrí la verdad: Alberto estaba hundido en deudas, su supuesto “negocio” era solo una fachada para ocultar préstamos impagables. Su único plan real era obligarme a vender el piso heredado de mi abuela en Madrid para cubrir sus cuentas.
Con la ayuda de Gutiérrez bloqueamos legalmente cualquier intento de venta. Además, reunimos pruebas de las estafas que Alberto había cometido junto con su socio, Ricardo Sánchez. La justicia actuó rápido, y en pocas semanas todo su mundo se derrumbó.
Dos meses después, Alberto ya no lucía trajes caros ni sonrisas de ganador. Se escondía de los acreedores, mientras Ricardo enfrentaba procesos judiciales y titulares vergonzosos en la prensa. Su madre, Lucía, agachaba la cabeza cuando coincidíamos en el barrio de Salamanca, evitando mi mirada.
Yo, en cambio, por primera vez respiraba en libertad. Alejandro no solo me había protegido, sino que me propuso invertir parte de mi herencia en algo propio. Y así cumplí un viejo sueño: abrí una galería de arte en el corazón de Madrid.
La noche de la inauguración, los focos iluminaban la fachada y un cuarteto de cuerda llenaba las salas de música. A mi alrededor se movían amigos, artistas y críticos. Llevaba un vestido elegante y en la mano una copa de Rioja.
Al fondo vi a Alberto. Su traje estaba arrugado, el rostro cansado. Intentó acercarse, pero los guardias de seguridad lo detuvieron con cortesía. Lo miré directamente y levanté una ceja, señalando el gran cartel que colgaba sobre la entrada de la galería:
«Esta es mi fortaleza. Y nadie la derribará.»
Por primera vez en mucho tiempo sentí paz. Ya no era la mujer abandonada en una carretera, ni la esposa humillada. Era Clara Martínez, dueña de mi destino.
Y entendí una verdad sencilla: a veces hay que perderlo todo para recuperar la libertad.
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