Un millonario estaba perdiendo a su hijo y no por una enfermedad. Era como si las fuerzas de Mateo se apagaran cada día más. Hasta que un niño pobre, hijo de la empleada, se acercó y dijo, “Tu novia, no deja que él camine.” Alejandro lo miró incrédulo y en ese instante todo cambió.
Antes de comenzar, suscríbete a nuestro canal para descubrir más historias como esta y deja tu like para no perderte lo que viene. Tu novia no deja que tu hijo camine. La voz de Diego cortó el silencio del despacho como un disparo. Alejandro, que revisaba unos contratos sobre su escritorio, levantó la cabeza con brusquedad.
El niño estaba ahí temblando, con la respiración acelerada, las manos crispadas alrededor de la gorra que llevaba siempre puesta. No había llamado a la puerta, no había esperado permiso, simplemente había entrado. “¿Qué dijiste?”, preguntó Alejandro con un tono más incrédulo que enojado.
“¿Qué es que Camila no deja que Mateo camine?” “Y le pone cosas raras en la comida”, repitió Diego, la voz quebrada. Alejandro parpadeó intentando procesar. Mateo, su hijo de 6 años, llevaba 3 meses sin poder mover las piernas. Los médicos hablaban de una posible lesión neurológica, algo repentino, sin explicación clara.
Camila, su novia desde hacía año y medio, se había ofrecido a cuidarlo personalmente y lo hacía, al menos en apariencia, con una devoción incansable. Diego empezó con el seño fruncido. Eso que me estás diciendo es muy grave. Es verdad, interrumpió el niño. Yo la vi cuando usted estaba en la oficina. Entré para dejarle unos dibujos a Mateo.
Ella estaba dándole un jugo y vi cómo echaba algo de un frasco chiquito. Mateo me miró raro, como si no quisiera tomarlo, pero ella le dijo que si no lo hacía se iba a poner peor. El reloj de pared marcó un tic tac demasiado fuerte para su gusto. Alejandro sintió un nudo en el estómago.
Diego no era un niño que inventara historias y la expresión que llevaba no era de travesura, era miedo puro. Alejandro se levantó lentamente de la silla. ¿Dónde está Camila ahora? En la habitación de Mateo contestó Diego bajando la voz como si temiera que alguien escuchara. Pero no entre ahora si ella sabe que yo le conté. La frase quedó colgando.
Alejandro asintió y pasó por detrás del escritorio. Al llegar a la puerta vio a través del pasillo la puerta de la habitación de Mateo entreabierta. Un destello metálico brilló en la mano de Camila antes de que la moviera fuera de su vista. El corazón de Alejandro latió más rápido. Sin pensarlo, retrocedió y regresó al escritorio. Diego, vete con tu mamá a la cocina. No le digas a nadie lo que me acabas de contar.
¿Entendido? El niño asintió apretando los labios y salió corriendo. Alejandro se dejó caer en la silla. Una imagen de Mateo Risueño y corriendo por el jardín apenas unos meses atrás lo golpeó como un recuerdo cruel. Y si Diego tenía razón y si esa enfermedad repentina no era más que una mentira. Desde la puerta un golpe suave lo sacó de sus pensamientos. Amor.
La voz de Camila sonó dulce como siempre. Mateo está descansando, no lo molestes. Sí. Alejandro levantó la vista fingiendo una sonrisa. Claro. Camila se quedó unos segundos más observándolo como si evaluara algo antes de desaparecer por el pasillo.
En ese instante, Alejandro supo que necesitaba comprobarlo por sí mismo, pero no ahora, no cuando ella podía verlo. Abrió el cajón inferior de su escritorio y sacó una llave pequeña, la del cuarto de servicio donde guardaban productos y medicamentos. Si Camila estaba ocultando algo, tal vez ahí encontraría las primeras respuestas. Antes de ponerse en pie, volvió a escuchar pasos.
Eran más ligeros, más apresurados. Diego regresaba asomando apenas la cabeza por la puerta. “Señor”, susurró. “Creo que ella me vio hablando con usted.” Alejandro no respondió de inmediato. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Afuera, una nube cubrió el sol y la luz en el despacho se volvió más fría.

Un mal presentimiento se instaló en su pecho y entonces lo decidió. Empezaría a vigilarla desde hoy sin que ella lo supiera, sin que Mateo corriera peligro. Alejandro no durmió bien esa noche. El reloj marcaba las 3 de la madrugada cuando lo encontró, todavía despierto, con la mirada fija en el techo y el eco de las palabras de Diego martillándole en la cabeza.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la escena de su hijo mirando aquel vaso de jugo con desconfianza. Al amanecer, decidió que no confrontaría a Camila. Todavía había algo en su manera de mirarlo anoche. Esa evaluación silenciosa que le dejó claro que cualquier reacción precipitada la pondría en alerta.
Si quería descubrir la verdad, tendría que hacerlo de forma meticulosa. Bajó a la cocina antes de que todos despertaran. Desde allí escuchó pasos suaves en el piso de arriba. Reconoció el andar de Camila, siempre pausado, casi ceremonioso. No quiso que lo viera, así que se quedó detrás de la pared que separaba la cocina del pasillo, escuchando. Buenos días, mi amor.
La voz de Camila era dulce, melosa, listo para tu terapia. No alcanzó a escuchar la respuesta de Mateo. Solo el arrastrar su aveinear de utensilios. Alejandro volvió a subir las escaleras en silencio. Desde el umbral del cuarto observó. Mateo estaba sentado en la cama con las piernas cubiertas por una manta. Camila sostenía una cuchara frente a él sonriendo.
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