
Katya no podía creer lo que sus ojos veían. Había regresado a casa antes de lo previsto, gracias a la cancelación de su vuelo, y se encontró en el umbral de su hogar, paralizada, mirando la puerta entreabierta del dormitorio. Algo no encajaba. El sonido del teléfono en su mano sonó como una melodía lejana. ¿Qué estaba haciendo allí?
“Esto no puede ser…”, murmuró para sí misma, casi en un susurro, mientras su cuerpo se mantenía rígido, incapaz de moverse, como si la puerta entreabierta fuera un portal hacia el abismo de su vida. Había pasado por tantas cosas, pero jamás imaginó que algo como esto sucedería.
Lo escuchó primero: el sonido ligero de los pies descalzos sobre el suelo de madera. Después, la voz de Edik, su esposo, que parecía tan calmado, tan indiferente, que la sorpresa le recorrió la espina dorsal como una corriente eléctrica.
—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en el avión? —dijo él, con una calma desconcertante, como si fuera lo más natural del mundo.
Katya no podía entender lo que veía. La habitación, el entorno, todo parecía extraño. Su marido, tan distante últimamente, estaba ahora en la cama con una joven rubia, sonriendo de manera cómplice y sin el más mínimo asomo de culpa. No había nada en su mirada que indicara que entendiera la magnitud de la situación.
—¿Quién es ella? —preguntó Katya, su voz casi desapareciendo en el aire.
Edik se encogió de hombros y, con una sonrisa que ella no recordaba haber visto antes, le respondió:
—Voy a llevarla a casa ahora mismo, y luego vuelvo… Vístete, cariño, no te preocupes.
Las palabras golpearon a Katya como un mazazo. “Cariño”… El mismo término que había usado tantas veces para ella, ahora lo pronunciaba con tal naturalidad, tan distante, como si nada de lo que había sucedido antes realmente hubiera importado. Como si su mundo fuera otro, uno donde él ya no tenía cabida.
Se quedó allí, de pie, sintiendo que su vida se desmoronaba. Recordó los días felices, cuando pensaba que Edik era el amor de su vida, cuando sus ojos brillaban al verla, cuando su futuro parecía ser un camino claro y brillante. Pero ahora… todo eso se desvanecía como un espejismo.
La memoria de su primer encuentro se coló en su mente, esa noche en que lo conoció, cuando él la había tratado como una niña, cuando su amor por él había sido puro, inocente, casi un sueño. Pero lo que comenzó como un romance de ensueño se convirtió en una serie de pequeños rechazos, en promesas vacías.
¿Cuántas veces lo esperé? pensó Katya. ¿Cuántas veces lo vi con otras, esperando que fuera conmigo la siguiente vez?
Sin embargo, en ese momento, comprendió algo crucial: había estado buscando amor donde no existía, y en su búsqueda había perdido todo lo que realmente importaba.
Katya salió del dormitorio y, sin pensarlo, marcó el número de su madre, buscando algo que la anclara, algo que la ayudara a no perder la cordura en medio de esta tormenta emocional.
—Hola, ¿aún no has ido al parque con Marusya? —preguntó con voz temblorosa, como si la conversación más trivial pudiera ayudarla a escapar de lo que acababa de presenciar.
El teléfono en su mano seguía sonando en su oído, pero todo parecía irrelevante. Ella, que había esperado tanto, que había soñado con un futuro al lado de Edik, ahora entendía la cruel verdad: su amor era solo una ilusión, un juego del destino que no tenía ningún propósito.
—Está bien, mamá, voy para allá ahora mismo —dijo sin pensar, colgando el teléfono antes de que su madre pudiera decir algo.
Salió al parque sin rumbo fijo, como si caminar por las calles vacías la alejara un poco de su dolor. Recordó aquel primer día cuando se enamoró de Edik, cuando creía que todo lo que necesitaba era estar a su lado. Pero ya no quedaba nada de ese amor juvenil e inalcanzable.
“¿Cómo pude ser tan tonta?”, se dijo a sí misma. Su corazón, herido por la traición, empezó a sanar lentamente, como si su alma ya no pudiera seguir viviendo en la mentira.
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