
Eduardo miraba fijamente por la ventanilla, ignorando por completo las lágrimas de Elisa, como si la mujer a su lado no existiera. Afuera, las olas golpeaban contra el muelle de piedra y las nubes plomizas descendían cada vez más, como un telón pesado dispuesto a caer sobre la escena. Elisa se secó las lágrimas con el dorso de la mano y, por primera vez, en sus ojos no había solo dolor: brillaba una nueva luz, una determinación serena.
— ¿Sabes, Eduardo? — dijo despacio, con un tono sorprendentemente tranquilo — siempre me repites que no soy nadie. Pero precisamente ese “nadie” va a cambiar tu vida.
Eduardo giró la cabeza hacia ella, sorprendido por el coraje en su voz.
— ¿Qué quieres decir?
Elisa apoyó las manos en su vientre, sintiendo cómo la vida en su interior le daba fuerzas.
— Este hijo no es solo mío. Y aunque lo aceptes o no, el destino te pedirá cuentas. Me humillaste, te burlaste de mí, pero llegará el día en que entiendas que la verdadera fuerza no está en el dinero ni en los apellidos.
Eduardo soltó una carcajada seca.
— ¿El destino? Puras fantasías. Yo construyo mi camino. A mí nada me afecta.
En ese mismo instante, su teléfono vibró con insistencia. Lo tomó con un gesto nervioso y contestó. Bastaron unos segundos para que la sonrisa se le congelara en los labios.
— ¿Cómo que el acuerdo se ha roto?! — gritó con voz ronca. — ¡Eso es imposible!
Pero la voz al otro lado de la línea no dejaba lugar a dudas: la empresa de la familia Montoro acababa de perder el contrato más importante de los últimos años, los inversores retiraban su dinero y la reputación de Eduardo se desmoronaba como un castillo de arena en la playa de Valencia.
Elisa lo observaba en silencio. En sus ojos apareció, por primera vez, el pánico. El hombre que durante años la había tratado como una sombra, ahora se convertía él mismo en una sombra.
— No… no puede ser verdad… — murmuró, lívido.
— ¿Lo ves? El destino siempre sabe cuándo golpear — respondió Elisa en voz baja. — No he sido yo quien te ha destruido, Eduardo. Tu avaricia, tu soberbia… eso es lo que te ha traído hasta aquí.
Abrió la puerta del coche y bajó al muelle azotado por el viento. El aire frío le agitaba el vestido, pero sus pasos eran firmes.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el peso desaparecía de sus hombros.
Eduardo permaneció en el coche, apretando entre las manos el fajo de billetes que ya no significaba nada. En un mundo que se derrumbaba a su alrededor, aquel dinero no era más que papel sin valor. Elisa, con la mano sobre el vientre, levantó la vista hacia el cielo gris de Barcelona. Sabía que la esperaban dificultades, pero también sabía que ya no estaba sola. Ese hijo le daba una fuerza que Eduardo jamás comprendería.
Y en lo más profundo de su corazón, entendió que su verdadera vida empezaba justo en ese momento.
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