El restaurante “El Cisne” en el centro de Madrid estaba iluminado con una luz cálida, acompañado del murmullo elegante de las conversaciones. Los camareros se movían en silencio, como sombras bien ensayadas. Me miré una vez más en el espejo del vestíbulo antes de entrar. Ya no era la mujer humillada que aquella mañana había sido despedida, sino una dama segura de sí misma, con un vestido azul marino y la mirada clara y fría.
En una mesa del rincón, en un reservado, me esperaba Javier Álvarez — un hombre de unos cincuenta años, con el cabello entrecano y una mirada penetrante. No era solo el dueño de la empresa donde había trabajado quince años, sino también un hombre acostumbrado a decidir el destino de los demás. Cuando me vio, se levantó, tomó mi mano y la besó discretamente.
— Inés, apenas dos minutos de retraso… y has traído contigo una tormenta, — dijo con una sonrisa enigmática.
Pedimos vino y, tras unas frases de cortesía, me miró fijamente, como si ya lo supiera todo.
— Me han contado lo que ocurrió hoy en la sede. Fernando es… previsible. Pero no se da cuenta de que acaba de cavar su propia tumba.
Levanté las cejas, fingiendo curiosidad.
— Sabía que carecía de escrúpulos, pero fue un golpe bajo, — respondí con calma. — Quizá, sin embargo, era justo lo que necesitaba: una puerta que se cierra, para que otra pueda abrirse.
Él asintió, complacido.
— Exacto. Y por eso quiero hablar en serio esta noche. Necesito a alguien como tú, que no tema al trabajo duro, que conozca la empresa desde dentro. Tú sabes perfectamente dónde falla el sistema.
Mi respiración se aceleró. No era una simple cena. Era una oferta de venganza y, más aún, una oportunidad de renacer.
— ¿Qué tiene en mente exactamente? — pregunté con voz firme.
— Quiero que asumas la dirección de una nueva división que abriré en Barcelona. Y quiero que, en seis meses, me presentes un plan que demuestre que podemos superar a la filial de Fernando. Te daré presupuesto, equipo y carta blanca.
Guardé silencio unos segundos. Las imágenes del día se mezclaban en mi mente: la sonrisa burlona de Fernando, la caja con mis objetos personales, los compañeros que no se atrevieron a acercarse. Y ahora, la posibilidad de convertir aquella humillación en una victoria rotunda.
— Acepto, — dije por fin. — Pero con una condición: quiero elegir yo misma a mi gente. No construiré sobre la lealtad del miedo, sino sobre el respeto.
Los ojos de Javier brillaron.
— Eso era exactamente lo que quería escuchar.
El camarero trajo el postre, pero no lo toqué. Sentía que mi vida acababa de tomar un nuevo rumbo.
De “fracasada vieja”, me convertía en la mujer que iba a darle la vuelta al orden en la empresa.
Y en algún despacho cómodo de Madrid, Fernando aún no sabía que sus días de gloria estaban contados.
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