Este martes, a los 89 años, falleció José «Pepe» Mujica, expresidente de Uruguay, en su querida chacra ubicada en las afueras de Montevideo. La noticia fue confirmada por Yamandú Orsi, actual presidente y discípulo político de Mujica, quien lo despidió con un sentido mensaje en redes sociales: “Te vamos a extrañar, viejo querido. Gracias por todo lo que nos diste”.

La muerte de Mujica marca el cierre de una vida excepcional que recorrió los caminos más disímiles: de la lucha armada y la prisión, a convertirse en una de las figuras políticas más queridas e influyentes de América Latina. Su historia no se puede contar sin destacar su firmeza ideológica, su estilo de vida humilde y su visión profundamente humanista.
Nacido en Paso de la Arena, un barrio periférico de Montevideo, Mujica creció en un hogar de esfuerzo. Su padre, un pequeño productor rural, falleció cuando él era apenas un niño. Desde entonces, junto a su madre Lucy, comenzó a trabajar en el cultivo de flores, lo que cimentó su conexión con la tierra y los valores sencillos que mantuvo hasta sus últimos días.
Durante su juventud, fue corredor de ciclismo y tuvo un breve paso por los estudios de Derecho. Pero la convulsión política de los años 60 lo llevó a formar parte del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros, junto a Raúl Sendic y otros militantes de izquierda. A partir de entonces, su vida tomó un rumbo arriesgado: pasó a la clandestinidad, participó en acciones armadas y fue arrestado en varias ocasiones.
En 1970, fue herido gravemente por la policía y encarcelado. Pasó más de 13 años preso, varios de ellos en condiciones extremas, hasta su liberación tras el retorno de la democracia en 1985. Lejos de elegir el silencio o el resentimiento, optó por reintegrarse al sistema político desde el Frente Amplio, una coalición de izquierda a la que se unieron los antiguos Tupamaros.
Su carrera política continuó en ascenso: fue diputado, senador, ministro de Ganadería y, finalmente, presidente de Uruguay entre 2010 y 2015. Durante su mandato, se destacó por impulsar leyes progresistas, como la regulación del mercado del cannabis, el matrimonio igualitario y la legalización del aborto, todo bajo un estilo personal que rompía con los moldes tradicionales del poder.

Mujica vivió en su modesta chacra, rechazó privilegios, donó gran parte de su sueldo y usó un viejo Volkswagen escarabajo como símbolo de que el poder no debía ser ostentoso. “No soy pobre, tengo pocas cosas porque así puedo tener más tiempo para lo que me gusta”, solía decir. Esa coherencia entre discurso y acción le valió el respeto de millones.
Crítico agudo, incluso de gobiernos cercanos, no dudó en señalar errores ajenos. Llegó a referirse a los peronistas como “patoteros” y cuestionó duramente a la dirigencia argentina durante conflictos económicos. Sin embargo, su sinceridad brutal era interpretada por muchos no como una ofensa, sino como una muestra más de su autenticidad.
A pesar de su pasado controversial, Mujica logró ser una figura de reconciliación nacional. El abrazo con su antiguo adversario político, el expresidente Julio María Sanguinetti, fue un gesto que conmovió al país y demostró que hasta las heridas más profundas pueden cicatrizar con diálogo y respeto.
Cuando le preguntaron si se arrepentía de algo, respondió con humildad: “No haber sido una mejor persona. Y no haber logrado frenar el golpe de Estado. Ese fue nuestro mayor fracaso”. Era esa capacidad de autocrítica lo que lo hacía diferente.
Hoy, Uruguay y el mundo despiden a Pepe Mujica no solo como un expresidente, sino como un referente ético, una voz incómoda pero necesaria, y una prueba viviente de que la política puede estar al servicio de la gente, sin lujos ni ambiciones personales. Su legado perdurará como un llamado constante a la honestidad, la sencillez y la dignidad.
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