
Alejandro permaneció inmóvil unos segundos, observando la escena en el jardín de su casa en Madrid: su hija sollozaba sentada en la hierba, mientras Beatriz sostenía aún las tijeras en la mano, agarrándola por el cabello. Parecía un retrato grotesco, la parodia cruel de una familia perfecta.
— ¡Beatriz! — tronó él, y su voz retumbó como un trueno.
La mujer se estremeció, pero no soltó las tijeras. Intentó recuperar el control, forzando una sonrisa fría.
— No lo entiendes, Alejandro, lo hago por su bien. Una niña de la familia Salvatierra debe verse decente…
Alejandro no la dejó terminar. Con pasos firmes se acercó, le arrancó las tijeras de la mano y las lanzó lejos, contra el suelo de la terraza. Luego alzó a Lucía en brazos: el cuerpo pequeño de la niña aún temblaba de miedo.
— ¡Basta ya! — rugió. — ¿Cómo has podido hacerle esto?
Beatriz abrió la boca, como si quisiera justificarse, pero la mirada de Alejandro la atravesó como una espada. Por primera vez vio en sus ojos no respeto ni paciencia, sino desprecio y una furia helada.
— Has cruzado todos los límites, — continuó. — Siempre pensé que eras estricta, quizá demasiado, pero ahora veo la verdad. No eres una madre. Eres una tirana.
La niña se aferró a su cuello, suplicando entre sollozos:
— Papá, por favor, no me dejes nunca más sola con ella…
Aquellas palabras, cargadas de desesperación, fueron como un cuchillo en el corazón de Alejandro. En ese instante comprendió cuántas noches de miedo había soportado Lucía y cuántas lágrimas había escondido de él.
— Tranquila, mi vida, — susurró. — Nunca más estarás sola.
Se volvió hacia Beatriz, que seguía en medio del jardín, con los labios apretados y el orgullo herido.
— Te vas de esta casa, — dijo con voz fría, inapelable. — Esta misma noche.
— ¿Cómo te atreves? — estalló ella. — He sido tu esposa, he cuidado tu imagen, he estado a tu lado en cada acto público. ¿Crees que la gente aceptará un divorcio?
Alejandro la miró fijamente, con ojos duros como el granito.
— Prefiero un divorcio antes que ver destrozada la vida de mi hija. La reputación se reconstruye. Su alma, no.
Beatriz quedó en silencio. Sintió que había perdido todo poder. Con un gesto teatral recogió su bolso y se encaminó hacia la puerta.
— Te arrepentirás, Alejandro, — murmuró con voz temblorosa.
El portón se cerró con un golpe seco. El jardín quedó en silencio, y solo las tijeras abandonadas brillaban en el suelo como prueba del drama vivido.
Alejandro besó la frente de Lucía y entró en la casa con ella en brazos. La niña, por primera vez en mucho tiempo, se sintió realmente a salvo. Sabía que su padre había visto la verdad, y que nada volvería a ser igual.
Aquella noche, en el lujoso chalet madrileño, cayó la máscara dorada de la perfección familiar. Y en su lugar nació una nueva promesa: que el amor y la protección de un padre serían siempre más fuertes que cualquier apariencia.
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