Mariana nació en un pequeño pueblo ribereño de Jalisco, donde el sol doraba los campos y la vida giraba alrededor del río. Su padre había fallecido cuando ella aún era niña, y su madre, Doña Rosa, trabajaba incansablemente vendiendo tamales y flores para criarla junto a su hermana menor. Aquella vida sencilla enseñó a Mariana a valorar cada centavo y a vivir con dignidad, sin importar la pobreza.

Cuando obtuvo una beca para estudiar en la Universidad de Guadalajara, se sintió como si el destino finalmente le sonriera. Para mantenerse, trabajaba en una cafetería cerca del campus, hacía tutorías y vendía collares artesanales los fines de semana. Fue en la biblioteca donde conoció a Rodrigo —alto, amable, con una sonrisa que irradiaba confianza. Él provenía de una familia acomodada, con padre empresario y madre acostumbrada a reuniones sociales y cenas de gala.

Después de un año de relación, Rodrigo le dijo una tarde:
—Quiero que vengas a casa el domingo, mis padres quieren conocerte.

El corazón de Mariana se estremeció. Sabía que ese momento llegaría, pero el miedo a ser juzgada por su origen le oprimía el pecho. Aun así, decidió presentarse con la frente en alto y el corazón sincero.

El domingo, se levantó temprano. Con el poco dinero que tenía, fue al mercado y eligió las frutas más frescas: mangos dulces, uvas moradas, naranjas jugosas y unas manzanas rojas que brillaban como rubíes. Las acomodó cuidadosamente en una canasta de mimbre adornada con un lazo rojo.
—No es mucho —pensó—, pero está hecho con amor.

Al llegar a la casa de los padres de Rodrigo, una hermosa residencia en una zona elegante de Guadalajara, se sintió pequeña. La fachada blanca, los jardines cuidados y el sonido de una fuente daban la impresión de otro mundo. Sin embargo, Mariana sonrió y respiró hondo antes de tocar el timbre.

Fue la madre de Rodrigo, Doña Isabel, quien abrió la puerta. Con su collar de perlas y su mirada fría, observó la canasta que Mariana sostenía entre las manos.
—¿Qué traes ahí, hija? —preguntó con un tono neutro.

—Una canasta de frutas, señora. Pensé que podría servir para el postre —contestó ella, sonrojada.

—Ah… qué detalle —dijo Doña Isabel, sin mostrar emoción alguna. Luego, se giró hacia la empleada y murmuró algo casi inaudible.

Minutos después, la familia se sentó a la mesa. Frente a Mariana, había solo un plato con calabacitas cocidas, arroz blanco y frijoles refritos. El aroma que venía de la cocina era distinto: carne asada, enchiladas, camarones al mojo de ajo… pero nada de eso apareció en la mesa.

Rodrigo frunció el ceño.
—Mamá, ¿no habías dicho que prepararías algo especial hoy?

—Sí, hijo —respondió ella con una sonrisa forzada—. Pero pensé que sería mejor algo ligero. Comer simple también es saludable.

Mariana entendió al instante. No dijo nada, solo probó un poco del arroz mientras sentía una punzada amarga en el pecho. Había soportado miradas de desprecio antes, pero nunca había sentido tanta humillación disfrazada de cortesía.

Después de unos minutos de silencio incómodo, Mariana dejó los cubiertos, se levantó y habló con serenidad:

—Señora Isabel, yo sé que vengo de un lugar humilde. Para mí, comer calabacitas o frijoles no es nada extraño, muchas veces ni siquiera había eso en la mesa. Pero cuando uno invita a alguien, no es la comida lo que importa, sino la intención.

Todos la miraron sorprendidos. Ella continuó, con la voz firme pero sin enojo:

—Traje esta canasta de frutas porque es lo mejor que podía ofrecer con mi propio esfuerzo. No vine para impresionar, vine para compartir un momento con la familia del hombre que amo. Pero si lo único que se ve en mí es mi pobreza, tal vez no pertenezco a esta mesa.

El padre de Rodrigo, Don Ernesto, carraspeó. Miró a su esposa con decepción.
—Isabel, eso no estuvo bien. Una mesa sin respeto no alimenta a nadie —dijo con voz grave.

Rodrigo se levantó de golpe.
—Si vas a tratarla así solo porque no es de nuestra clase, entonces yo me voy con ella —afirmó con determinación.

Doña Isabel se quedó sin palabras. La mirada firme de su hijo y el silencio de su esposo la hicieron bajar la vista. Por primera vez, comprendió la crueldad de sus actos.

—Mariana… —murmuró ella—, perdóname. Me equivoqué. No debía juzgarte. Quédate, por favor.

Mariana sonrió con gentileza.
—Le agradezco, señora, pero creo que hoy es mejor que me retire. Si el destino quiere, volveré… y ojalá ese día nos recibamos con el corazón, no con la mirada.

Salió de la casa con paso tranquilo. Rodrigo la siguió sin dudar.
Dentro, Doña Isabel se quedó mirando la canasta de frutas sobre la mesa. Las manzanas brillaban bajo la luz del mediodía, y en su sencillez, reflejaban algo que su corazón había olvidado: la humildad.

A partir de ese día, Doña Isabel nunca volvió a servir una mesa sin recordar la lección de aquella joven de pueblo que, con una simple canasta de frutas, había cambiado su manera de ver la vida.