—“¡Miren, el chico robot ha llegado!”
Las crueles carcajadas resonaban en el patio de la Academia St. James, una de las escuelas más prestigiosas de Londres.
Leo Thompson, de doce años, sujetaba con fuerza las correas de su mochila y seguía caminando. Su uniforme caro no podía ocultar la torpe marcha de su pierna protésica. Cada paso venía acompañado de un leve clic metálico que sus compañeros nunca le dejaban olvidar.
Leo era el único hijo de Thomas Thompson, un magnate multimillonario del sector inmobiliario. Pero el dinero no podía comprarle amigos. Cada día, las burlas lo herían más: robot, lisiado, medio chico. Los maestros intentaban acallar los susurros, pero nunca se detenían del todo.
Esa mañana, las burlas fueron especialmente crueles. Un grupo de chicos formó un círculo, bloqueando el paso de Leo.
—“¡Compite con nosotros, chico robot!” —se burló uno—. “Ah, espera… nunca pasarás del primer paso.”

Las risas crecieron. Leo bajó los ojos, deseando que la tierra lo tragara.
Entonces una voz nueva rompió el aire. Clara. Firme. Sin miedo.
—“Déjenlo en paz.”
El círculo se abrió ligeramente. Allí estaba una chica: piel color caoba, cabello en trenzas ordenadas, usando zapatos de segunda mano demasiado grandes para sus pies. Maya Williams, la chica nueva.
Los matones sonrieron con desprecio.
—“¿Y tú quién eres? ¿Su niñera?”
Maya dio un paso adelante, con los ojos encendidos.
—“No. Su amiga.”
El patio quedó en silencio. La respiración de Leo se detuvo. Nadie le había dicho jamás esa palabra en la escuela: amigo.
Pero los matones solo rieron más fuerte. Uno empujó a Leo, y él tropezó, casi cayendo. Maya lo sostuvo del brazo justo a tiempo.
—“No lo vuelvas a tocar,” advirtió.
La multitud contuvo el aliento. Una pobre chica negra defendiendo al hijo lisiado de un multimillonario—era algo inaudito.
Y en ese momento, Leo se dio cuenta: su vida acababa de cambiar.
Después de clases, Leo se sentó bajo el viejo roble al borde del campus, mirando al suelo. Maya se dejó caer a su lado, sin importarle las miradas que atraían.
—“No tienes que defenderme,” murmuró Leo.
—“Sí, debo hacerlo,” respondió Maya. “Tú mereces algo mejor que su crueldad.”
Poco a poco, él comenzó a abrirse. Le contó sobre su pierna—perdida en un accidente de auto a los seis años. Sobre las interminables visitas al hospital. Sobre cómo los demás niños nunca lo dejaban olvidar.
Pero Maya notó algo más. Cada vez que Leo se movía, hacía una mueca, como si la prótesis doliera más de lo normal.
—“¿Cuándo fue la última vez que te la revisaron?” preguntó.
Él dudó.
—“Mi madrastra, Claudia, me lleva. Ella dice que los médicos saben lo que hacen.”
Maya frunció el ceño. Más tarde, cuando Leo visitó el pequeño apartamento de Maya, su abuela Evelyn echó un vistazo a la prótesis y se puso rígida.
—“Esto está mal ajustado,” dijo. “Por eso siempre tienes dolor. Quien lo haya manipulado quería que fueras débil.”
Los ojos de Leo se abrieron de par en par.
—“Pero Claudia dijo—”
Evelyn lo interrumpió suavemente.
—“Hijo, alguien te ha estado mintiendo.”
Esa noche, el padre de Leo, Thomas, llegó a recogerlo. Evelyn lo apartó.
—“La pierna de tu hijo ha sido saboteada. Revisa a sus médicos. Revisa a tu esposa.”
El rostro de Thomas se ensombreció. Siempre había desestimado las quejas de su hijo. Pero ahora, oyéndolo de Evelyn, no podía ignorarlo.
En una semana, los especialistas confirmaron la verdad: Claudia había manipulado la atención de Leo, asegurándose de que nunca se recuperara del todo. La “medicina” que le daba era innecesaria. Quería que dependiera de ella—débil—quizá para asegurar su lugar en la herencia familiar.
Cuando Leo escuchó la verdad, su mundo se derrumbó. El dolor, la humillación, la debilidad… no habían sido el destino. Habían sido traición.
El caso llegó a los tribunales. La crueldad de Claudia fue expuesta ante cámaras y luces. Leo, tembloroso pero decidido, se paró ante el juez.
—“Ella me hizo creer que estaba roto,” dijo con voz temblorosa. “Pero no lo estoy. Ya no.”
La sala quedó en silencio. Claudia fue declarada culpable de negligencia y expulsada del hogar Thompson. Por primera vez, Leo se sintió libre.
Con una prótesis bien ajustada y terapia física, Leo comenzó a reconstruirse. Maya siempre estuvo allí: en las prácticas, en las visitas al hospital, en el parque cuando intentó correr por primera vez.
Meses después, la Academia St. James organizó una carrera benéfica. Leo se inscribió, a pesar de los susurros. El día de la carrera, los matones sonrieron con suficiencia, esperando que fracasara.
Pero Leo corrió. Paso a paso, con Maya animándolo más fuerte que nadie desde la barrera, cruzó la meta. No primero. No rápido. Pero fuerte. Completo.
La multitud estalló—no por lástima, sino por admiración. Por primera vez, Leo no era “el chico robot”. Era simplemente Leo.
Esa tarde, sentado con Maya bajo el roble, susurró:
—“Me salvaste.”
Maya sonrió.
—“No, Leo. Tú te salvaste solo. Yo solo te recordé que podías hacerlo.”
Y desde ese día, Leo supo que no estaba definido por lo que había perdido—sino por el valor de levantarse, con una verdadera amiga a su lado.
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