“Señora… creo que mi cama está llena de hormigas y no puedo mover mis piernas…”
En una tarde fría en Cedar Falls, pero trasladada aquí a Zaragoza, la central de emergencias del 112 mantenía un ritmo constante de llamadas cotidianas. Sin embargo, cuando Elisa Torres, operadora con doce años de experiencia, escuchó aquella voz temblorosa al otro lado de la línea, supo inmediatamente que no era una llamada más.
—“¿Cómo te llamas, cariño?” preguntó Elisa con una suavidad profesional que solo quienes han visto demasiado saben utilizar.
—“Me llamo Lili… tengo seis años… y… mis piernas… me duelen mucho. No puedo cerrarlas… y… hay hormigas… creo…”
Elisa enderezó la espalda. Aquello no sonaba como un simple miedo infantil.
—“Lili, voy a ayudarte. ¿Estás sola en casa?”
—“Sí… mi mamá está trabajando. Me dijo que no abra la puerta a nadie…”
La niña sollozaba. Su respiración era irregular, como si el dolor estuviera empeorando.
Elisa, mientras mantenía a la pequeña hablando, comenzó el proceso de localización de la llamada, pidiendo la dirección con frases sencillas y guiándola paso a paso para que la niña pudiera recordar el piso, el color de la puerta y cualquier detalle visual que ayudara a los bomberos y sanitarios.
A medida que los segundos pasaban, la situación se volvía más urgente. Lili empezó a decir que su cama “pica por dentro”, que sus piernas “están hinchadas” y que siente “mucho calor”. Elisa reconoció los síntomas: podía ser una reacción alérgica severa por picaduras múltiples. En una niña tan pequeña, era potencialmente mortal.
—“Lili, escúchame, mi cielo. Quiero que sigas hablando conmigo, ¿vale? Ya voy a mandarte ayuda.”
—“Me duele… ¿me voy a morir?”
—“No, cariño. Estoy contigo. No te voy a dejar sola.”
El sonido de papeles moviéndose, voces entrecortadas y teclados rápidos llenó el fondo del centro de emergencias mientras Elisa ordenaba prioridad máxima. El camión de bomberos más cercano, una ambulancia UVI móvil y una patrulla policial fueron enviados de inmediato.
Pero justo cuando Elisa estaba logrando tranquilizar a Lili, la niña susurró algo que hizo que el corazón de la operadora se encogiera:
—“Elisa… creo que hay alguien en el pasillo…”
La línea quedó en silencio durante dos segundos eternos.
FIN PARTE 1 — ¿Quién está en el pasillo? ¿Un intruso, un vecino… o algo aún más inesperado?..
PARTE 2: La voz casi inaudible de Lili dejó a Elisa completamente alerta. En la central, incluso dos compañeros se detuvieron para escuchar.
—“Lili, ¿puedes decirme qué oyes?”
—“Creo que es… como pasos. Pero estoy sola… creo…”
Elisa sabía que no podía permitir que la niña entrara en pánico.
—“Mi cielo, quédate donde estás. Los bomberos están a dos minutos. No te muevas, ¿vale?”
A través del auricular, el sonido de la respiración agitada de la pequeña se mezcló con un silencio angustioso. Pero entonces, unos golpes suaves resonaron a lo lejos.
—“¡Lili! Soy Elisa. ¿Siguen ahí los pasos?”
—“No… ahora escucho ruido en la ventana…”
Elisa pensó rápido. Aquello podía ser simplemente el viento o un vecino curioso. Pero también podía indicar una urgencia mayor: la pequeña estaba desorientada. Los síntomas podían estar empeorando y afectando sus sentidos.
Mientras tanto, el equipo de emergencias ya subía por las escaleras del edificio. Pero cuando llegaron al tercer piso, la situación se volvió confusa: la puerta estaba cerrada desde dentro, tal como la madre había indicado a su hija antes de salir. Los bomberos pidieron permiso para forzar la entrada.
—“Lili, cariño, vas a escuchar un ruido fuerte, ¿vale? Eres muy valiente. Están allí para ayudarte.”
La niña respondió entre sollozos:
—“Elisa… me duele mucho… mis piernas están grandes… y mi garganta… me pica…”
Elisa contuvo la respiración. Anafilaxia. Necesitaban acceder YA.
El golpe retumbó por toda la vivienda. Después, el sonido de pasos apresurados y voces firmes tomó el control del espacio. Elisa escuchó todo:
—“Tenemos a la menor. Reacción sistémica. ¡Adrenalina ya!”
La operadora cerró los ojos con alivio, pero la tensión no había terminado. Cuando el equipo describió la habitación, la situación se hizo evidente: la cama de la pequeña estaba infestada de un tipo de hormiga rojiza, probablemente de un nido oculto en la estructura antigua del edificio.
Un caso extremadamente inusual… y peligroso.
Minutos después, Lili fue estabilizada y llevada a la ambulancia. Elisa siguió conectada hasta que los sanitarios confirmaron que la niña estaba consciente y respirando mejor.
Horas más tarde, la madre de Lili llegó corriendo al hospital, hecha un mar de lágrimas. No podía creer lo ocurrido. Y allí, en la sala de espera, encontró a Elisa, que había decidido acudir personalmente para asegurarse del desenlace.
La mujer se aferró a ella como si se tratara de un familiar.
—“Gracias… gracias por no dejarla sola…”
—“No tenía intención de hacerlo,” respondió Elisa, con una sonrisa cansada pero sincera.
Pero el caso dejó una pregunta inquietante flotando:
¿Cómo pudo desarrollarse un nido tan agresivo dentro de un edificio sin que nadie lo notara?
Los bomberos comenzarían una inspección al día siguiente.
PARTE 3: La mañana siguiente trajo una calma diferente. Tras una noche de observación, Lili estaba estable, su hinchazón había bajado y respiraba con normalidad. Cuando vio a su madre junto a la cama, lanzó un suspiro largo de alivio.
Poco después, los bomberos realizaron la inspección completa del edificio. El hallazgo fue tan inesperado como esclarecedor: una colonia completa había invadido un hueco en la pared que daba directamente a la habitación de Lili. Las hormigas habían entrado por una grieta casi invisible detrás del cabecero, expandiéndose sin que nadie lo percibiera.
Estas especies, aunque poco habituales en la zona, podían llegar a causar reacciones graves en personas alérgicas. Lili había tenido la mala suerte de ser extremadamente sensible a ellas.
La comunidad del edificio, movida por el susto general, se organizó para hacer reformas, fumigaciones y revisar todas las viviendas. La madre de Lili recibió apoyo económico y emocional de sus vecinos, quienes se ofrecieron a ayudarla con horarios, vigilancia y reparaciones.
En el hospital, Elisa visitó nuevamente a la pequeña.
—“¡Elisa!” gritó Lili, extendiendo los brazos.
—“¿Cómo está mi valiente de seis años?”
—“Mejor… ya no me pica nada.”
La madre se acercó con los ojos llenos de gratitud.
—“No sé cómo agradecerte lo que hiciste…”
—“No hace falta que me agradezcas,” dijo Elisa. “Solo hice mi trabajo.”
—“Quizá,” respondió la mujer. “Pero no todo el mundo se queda al otro lado del teléfono como tú.”
En los días siguientes, la historia se difundió por Zaragoza. No como una tragedia, sino como un ejemplo de profesionalidad, humanidad y trabajo en equipo.
El Ayuntamiento entregó una mención honorífica a los bomberos, sanitarios y a Elisa Torres por su intervención ejemplar. Lili, recuperada y más risueña que nunca, fue invitada a entregar las medallas, lo que provocó sonrisas en toda la sala.
Mientras la ceremonia concluía, la niña corrió hacia Elisa y la abrazó con fuerza.
—“Tú me salvaste.”
—“Tú fuiste la más valiente,” respondió la operadora.
Aquel día, Elisa regresó a su puesto con una certeza renovada: incluso en las situaciones más oscuras, una voz tranquila, un gesto humano o una decisión rápida podían cambiarlo todo.
Lili volvió a su vida normal, esta vez con una habitación renovada, segura y llena de luz. Y aunque la experiencia marcó a todos los involucrados, también dejó una lección poderosa:
A veces, los héroes no llevan uniforme brillante. A veces, simplemente responden al teléfono.
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