
Rodolfo se desplomó en el sillón, respirando con dificultad como un hombre al que acaban de expulsar de su propio reino. Se arrancó la chaqueta y la arrojó al suelo. Sus ojos, antes llenos de soberbia, ahora brillaban de rabia impotente.
— ¿Te lo imaginas? — gruñó entre dientes —. Ese… Adrián Torres tuvo la desfachatez de contradecirme delante de todo el consejo. ¡Me dejó en ridículo como a un principiante! Y todos se rieron…
Lo miré en silencio. Dentro de mí ya no había miedo ni rencor. Solo un frío absoluto, afilado como una navaja. Recordaba todas aquellas noches en Madrid, cuando volvía agotada de dos o tres trabajos a la vez, solo para que mi hijo pudiera comer y estudiar. Recordaba su mirada decidida, cuando se marchó a Barcelona para formarse, prometiéndome que triunfaría.
— Quizá porque es mejor que tú — dije suavemente, con una voz que ni siquiera reconocí como mía.
Rodolfo alzó la cabeza, sorprendido. Nunca me había atrevido a responderle así.
— ¿Qué has dicho?
— Que mi hijo es lo que tú jamás serás: un hombre que se ha ganado cada paso con esfuerzo honesto.
El silencio llenó la habitación. Solo se oía el tictac del reloj en el salón.
Rodolfo soltó una risa corta y sarcástica, pero tras ella se escondía el pánico.
— ¿Tu hijo? Ese advenedizo que se cree dueño del mundo…
— No — respondí tranquila. — No lo cree. Sabe que nada se regala. Y también sabe quién humilló a su padre y quién pisoteó a su madre durante años.
Vi cómo se enrojecía su cara y cómo se le tensaban los puños. Pero por primera vez en mi vida no sentí miedo. En ese instante comprendí que la cadena que me unía a él se había roto para siempre.
— Será él quien te destruya, Rodolfo — murmuré con calma. — Y yo no moveré un solo dedo para salvarte.
Se quedó mudo, incapaz de contestar. Entre nosotros se abrió un abismo más grande que todas las discusiones y todas las humillaciones pasadas. El abismo del final.
Aquella noche, cuando se quedó dormido en el sofá con la botella de whisky a su lado, comencé a preparar mis cosas.
No necesitaba mucho: algo de ropa, unas cuantas fotos y recuerdos. Mi vida ya no estaba allí.
A la mañana siguiente, cuando despertó y vio los armarios vacíos, en la mesilla le esperaba solo una nota breve:
«Yo no he alcanzado nada, pero he criado a un hombre que ahora gobierna tu mundo. Ya no tienes poder sobre mí. Adiós.»
Salí del piso con la espalda erguida y los pasos ligeros. Por primera vez en muchos años, el aire de la mañana en las calles de Sevilla me pareció limpio, y el cielo, despejado.
A mis espaldas se derrumbaba el imperio de la arrogancia. Delante de mí comenzaba una nueva vida.
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