Amelia nunca imaginó que el consejo de su padre, de tomar duchas frías y usar un trozo de jabón extraño, la llevaría a una crisis tan profunda.
Lo que parecía una simple sugerencia sin importancia resultó ser una pieza de un plan mucho más oscuro, uno que Amelia descubriría demasiado tarde.
“Siempre me vi como la hija preferida de mi padre”, comenzó Amelia, vacilante, mientras le contaba a Henry toda la historia.
“Pero ahora, apenas puedo pensar en él sin sentir que el mundo se derrumba a mi alrededor. Tengo que contarte lo que pasó.”
A los 23 años, Amelia seguía viviendo con sus padres, algo que nunca cuestionó. Su padre, un hombre con principios sólidos, la veía como su “pequeña princesa” y jamás quiso que se independizara.
El piso superior de la casa era su refugio, su pequeño reino que le daba una sensación de libertad. Sin embargo, todo cambió cuando la relación con sus padres comenzó a volverse más tensa y fría.
Su padre, siempre obsesionado con la disciplina, empezó a criticar cada pequeño detalle: “¿Por qué llegaste tan tarde?”, “Estás gastando demasiado.” Las constantes quejas sobre lo cotidiano la hicieron sentir insegura.
El verdadero giro ocurrió cuando su padre le entregó un trozo de jabón que nunca había visto. “Usa este jabón, hueles mal”, le dijo, sin rodeos.
Confusa pero obediente, Amelia empezó a seguir sus indicaciones. Comenzó a ducharse con agua helada y a usar el jabón que, aunque le parecía extraño, no le dio mayor importancia.
Pero por más que se duchaba, su padre nunca estaba satisfecho. “¿Usaste el jabón? Sigues oliendo mal”, insistía.
Lo más desconcertante era la indiferencia de su madre. Nunca defendió a Amelia cuando su padre la regañaba. Esa falta de reacción comenzó a atormentarla aún más. ¿Acaso su madre no sabía lo que estaba sucediendo? ¿Nunca lo había notado?
La situación alcanzó su punto máximo cuando Henry la animó a hablar con él. Él, al verla tan perturbada, intuyó que algo no estaba bien. “¿Por qué te ves así, Amelia? ¿Estás enferma?”, le preguntó con preocupación.
Amelia se rió, tratando de restarle importancia, pero luego le hizo una pregunta que llevaba tiempo rondando en su cabeza: “¿Hueles mal?”
“¿Estás loca?”, respondió Henry entre risas. “Hueles completamente normal. ¿De qué estás hablando?”

Pero cuando tomó el trozo de jabón en sus manos, su rostro se tornó grave. “Esto no es un jabón normal”, dijo, alarmado. “Es un limpiador industrial. ¿De verdad lo estás usando en tu piel?”
Amelia quedó paralizada. No sabía qué pensar, pero al escuchar a Henry, entendió la aterradora verdad: su padre la había estado exponiendo a un veneno.
Decidida a enfrentarse a la realidad, Amelia fue directamente a la casa de sus padres. Cuando entró, se enfrentó a su padre. “¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué ese jabón?”, preguntó con la voz quebrada.
Su padre la miró con una frialdad que nunca había notado. “Porque no eres mi hija”, respondió, sin arrepentimiento. “Tu madre me reveló la verdad hace años. Eres hija de otro hombre.”
“¿Qué estás diciendo?”, Amelia no podía creer lo que escuchaba. “¡Yo soy tu hija!”
“Lo siento, pero no lo eres”, dijo él, como si fuera algo trivial. “Cuando descubrí la verdad, tomé una decisión. Tu madre me engañó. Y para vengarme, te traté así.”
Las palabras de su padre la atravesaron como una daga. El hombre que siempre la había considerado su “pequeña princesa” la había usado como una herramienta para vengarse de su madre.
El dolor que sentía era insoportable. Su madre guardaba silencio, incapaz de mirarla a los ojos.
“¿Me has mentido toda mi vida, y ahora me haces esto?”, preguntó Amelia, entre la rabia y la tristeza.
Pero su padre, con una sonrisa fría, solo respondió: “Ya eres adulta. Tenías que saber la verdad.”
Amelia se levantó, su mundo hecho pedazos. Se fue con Henry, quien la apoyó y la ayudó a escapar de esa relación tóxica.
En un pequeño apartamento, lejos del ambiente destructivo de su hogar, Amelia empezó a reconstruir su vida.
Su padre había intentado destruirla, pero lo único que logró fue acelerar su propia ruina. Ahora Amelia sabía que era libre.
Con Henry a su lado y una nueva visión de la vida, comprendió que el dolor por la traición y las mentiras seguiría, pero ya no permitiría que dominaran su vida.
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