Tenía 27 años, la piel morena, los ojos grandes y el tipo de belleza que, según mis amigas, merecía a un hombre joven, apasionado y con futuro. Pero yo no creía en cuentos de hadas. Creía en seguridad. Y cuando conocí a Don Aurelio Vargas, un empresario viudo de Guadalajara, con más de sesenta años, dueño de tres casas, un edificio en el centro histórico y una cuenta bancaria que podía alimentar a medio estado de Jalisco… tomé mi decisión.
Mis amigos me llamaron interesada. Mi familia, aunque desconcertada, se consoló pensando que al menos yo viviría sin preocupaciones. Y dentro de mí, una voz fría y práctica me repetía lo mismo:
“Él no vivirá mucho tiempo. Y cuando se vaya… todo será mío.”
La boda fue silenciosa, casi lúgubre. En la vieja capilla de San Cristóbal, solo había unas cuantas sillas ocupadas por empleados mayores y un notario. Ningún familiar de su parte, ni una canción, ni flores frescas. Solo el eco de nuestras voces y una cruz de hierro oxidado sobre el altar.
Cuando nos tomamos de las manos para jurar amor eterno, los dedos de Don Aurelio estaban helados como mármol.

“Te prometo que serás mi última esposa,” dijo con una calma inquietante.
Yo sonreí, fingiendo ternura. Dentro de mí, solo contaba los años que tal vez me separaban de una herencia millonaria.
Aquella noche, después del banquete que apenas tuvo música, pensé que por fin dormiríamos en el dormitorio principal. Pero Don Aurelio me tomó de la mano y me condujo por una escalera estrecha y polvorienta hasta el ático.
Delante de mí se alzaba una puerta de madera vieja, con un candado cubierto de óxido.
“Este cuarto estuvo cerrado por veinte años,” dijo con una voz baja, grave. “Y hoy lo abro solo por ti.”
Un escalofrío me recorrió la espalda. La bombilla amarillenta chispeaba en el techo, arrojando sombras largas sobre el suelo cubierto de polvo. Dentro había un viejo tocador, una ventana tapiada y una cama cubierta con terciopelo negro.
“¿Qué es este lugar?” pregunté, la voz temblorosa.
“El corazón de mi pasado,” murmuró él. “Y de mi futuro.”
Don Aurelio se acercó a la cama, y con manos trémulas levantó el paño oscuro.
Debajo no había un simple colchón.
Era una figura humana, tallada en cera, vestida con un vestido antiguo color marfil.
Y su rostro… era exactamente igual al mío.
Sentí que la sangre me abandonaba. Las piernas me fallaron.
Él acarició la mejilla del maniquí con una ternura enfermiza.
“Ella fue mi primera esposa… Elena. Murió hace veinte años. Pero antes de irse, me juró que volvería a mí, en otro cuerpo.”
(Alzó la vista y sus ojos se clavaron en los míos).
“Y ahora que te tengo, sé que cumplió su promesa.”
Intenté retroceder, pero él me sujetó los brazos. El olor a cera y alcanfor me revolvía el estómago.
“Su voz, su piel, sus ojos… todo en ti es ella,” murmuró con devoción.
“Vamos a quedarnos aquí esta noche, como antes.”
“¡Está loco!” grité, intentando liberarme. “¡Suéltame!”
Él no respondió. Solo sonrió —una sonrisa rota, triste, casi infantil— y se sentó junto al cuerpo de cera, peinándole el cabello como si estuviera vivo.
Yo corrí hacia la puerta, pero el cerrojo estaba bloqueado desde afuera. Golpeé con todas mis fuerzas. Nadie me oyó.
De pronto, la luz parpadeó… y se apagó.
Un silencio helado llenó el aire. Entonces, algo tibio y húmedo me rozó el cuello, y una voz susurró apenas audible:
“Corre…”
Me giré aterrada. La figura de cera estaba inclinada hacia adelante, el velo caído al suelo, y dentro del molde había un esqueleto real.
Solté un grito desgarrador. Golpeé la puerta una y otra vez hasta que finalmente se abrió con un crujido. Corrí escaleras abajo, descalza, sin mirar atrás.
A la mañana siguiente, los vecinos encontraron a Don Aurelio inmóvil en el ático, los ojos abiertos, fijos en el techo. En su regazo, el esqueleto descarnado.
La policía halló su diario personal. En la última página, escrita con una caligrafía temblorosa, decía:
“Hoy Elena volvió a casa. Esta vez, no la dejaré ir.”
Epílogo
Vendí la casa y me mudé lejos, a la Ciudad de México. Creí que había dejado todo atrás. Pero un año después, un mensajero tocó mi puerta con un paquete sin remitente.
Dentro, cuidadosamente envuelto en terciopelo negro, había un collar de perlas antiguas, con mi nombre grabado: Lucía Vargas.
Busqué el nombre en línea.
En los registros municipales de Guadalajara, Lucía Vargas fue el nombre de la esposa de Don Aurelio… muerta en 2005.
Y en la foto de su boda, aquella mujer —con el mismo collar— tenía mi rostro.
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