En el polvoriento atardecer del desierto de Sonora, el viento hullaba como un coyote herido, arrastrando arena que picaba la piel como agujas. El rancho El se erguía imponente, con sus corrales llenos de ganado y vaqueros exhaustos terminando el día. Nadie esperaba que esa noche cambiara todo.

De repente, un golpe débil en la puerta principal rompió el silencio. El capataz, un hombre curtido llamado Ramón, abrió con cautela revolver en mano. Ante él, una niña de no más de 8 años, con el vestido rasgado y el rostro cubierto de lágrimas y polvo, jadeaba como si hubiera corrido millas. Señor, ellos, ellos golpearon a mi mamá. Está muriendo.
Balbuceó la pequeña con voz temblorosa que cortaba el aire como un cuchillo afilado. Ramón parpadeó incrédulo. ¿Quién era esta chamaca? ¿De dónde venía? El rancho estaba al eguas de cualquier pueblo, rodeado de cañones traicioneros donde los bandidos acechaban. Antes de que pudiera preguntar, la niña se derrumbó en sus brazos soyosando.
Por favor, ayúdenla. Los hombres malos con pistolas. El alboroto atrajó al dueño del rancho, el gigante ranchero conocido como el toro negro. Medía más de 2 m con hombros anchos como un yugo de bueyes y una barba espesa que ocultaba cicatrices de batallas pasadas. Su nombre verdadero era Mateo Vargas, un hombre que había construido su imperio con puños de hierro y un rifle infalible.
Los vaqueros lo miraban con respeto y temor. Decían que podía derribar a un toro de un solo golpe. Mateo bajó las escaleras con pasos pesados, su sombrero vaquero echado hacia atrás, revelando ojos oscuros que escudriñaban todo. “¿Qué pasa aquí?”, gruñó su voz como un trueno lejano. Ramón le explicó rápidamente, sosteniendo a la niña.
Mateo se agachó, su figura imponente contrastando con la fragilidad de la pequeña. Dime, mi hija, ¿quiénes son esos hombres? ¿Dónde está tu mamá? La niña levantó la vista, ojos llenos de terror. En la cabaña vieja, cerca del cañón rojo, eran tres con máscaras. Decían que buscaban oro. La golpearon con el rifle, sangra mucho.
Y entonces soltó el gancho que heló la sangre de todos. Uno de ellos tenía una cicatriz en la mano como una estrella. Dijo que volverían por mí si no hablaba. Mateo sintió un escalofrío. Esa cicatriz la conocía. Pertenecía a el escorpión, un bandido legendario que había asolado la frontera años atrás. Se rumoreaba que estaba muerto colgado en Chihuahua.
¿Cómo podía ser? El ranchero apretó los puños recordando como el escorpión había matado a su hermano en una emboscada similar. Era venganza o algo peor. Sin decir palabra, ordenó a sus hombres, sillad los caballos. Vamos, ahora. La noche cayó como un manto negro punteado de estrellas indiferentes. El grupo Mateo, Ramón y cuatro vaqueros armados cabalgaba a galope tendido, guiados por la niña que se aferraba al gigante como a un salvador.
El desierto era traicionero. Serpientes, barrancos ocultos y el eco de aullidos que podían ser animales o bandidos. Cada sombra parecía viva, cada ráfaga de viento un susurro de muerte. Llegarían a tiempo. La niña murmuraba oraciones, pero Mateo olía el peligro. De pronto, un disparo rasgó la oscuridad. Emboscada.
Los caballos relincharon. Uno cayó herido. Mateo rodó al suelo, sacando su colidad. Al suelo, bramó. Balas silvaban rebotando en rocas. Los vaqueros respondieron el fuego, pero eran superados en número. Desde las sombras, risas crueles, el toro negro. Pensé que estabas muerto, cabrón. Era el escorpión vivo y sediento de sangre.
Mateo vio la cicatriz brillar bajo la luna cuando el bandido recargó. ¿Cómo había sobrevivido? Rumores decían que había hecho un pacto con el [ __ ] en las minas abandonadas. El ranchero disparó acertando a uno de los atacantes que cayó gritando. Pero la niña, la niña estaba expuesta. Un bandido la apuntó riendo, “La chamaca primero para que sufra.
” Mateo se lanzó como un toro enfurecido, interponiéndose. La bala le rozó el hombro, quemando como fuego, pero no se detuvo. Golpeó al bandido con un puñetazo que le rompió la mandíbula enviándolo al polvo. “Nadie toca a la niña”, rugió su voz secuando en el cañón. Los vaqueros inspirados contraatacaron. Ramón abatió a otro con un tiro certero.
El escorpión maldijo y huyó en la oscuridad, dejando un rastro de sangre. Llegaron a la cabaña al amanecer, un tugurio de adobe de ruido. Dentro la madre ycía en un charco de sangre, pálida como la muerte. Era una mujer hermosa, con cabello negro como la noche, pero magullada y débil. Mi hija”, susurró al ver a la niña.
Mateo la levantó con gentileza sorprendente para su tamaño. “La salvaremos, señora. Soy Mateo Vargas.” Sus hombres la vendaron, pero sabían que necesitaba un doctor en el pueblo. El viaje de regreso fue tenso. ¿Volvería el escorpión? Cada crujido en los matorrales era un gancho de suspense. La niña contó más.
Su padre había sido minero. Descubrió oro en una beta secreta, pero los bandidos lo mataron. La madre guardaba el mapa y por eso la torturaron. En el rancho, el doctor llegó a tiempo. La mujer llamada Rosa se recuperó lentamente. Mateo la cuidaba, sus ojos revelando un secreto. Años atrás, Rosa había sido su amor de juventud antes de que la vida lo separara.
Coincidencia. No, el escorpión lo sabía. Era una trampa para atraer al ranchero y robar el oro. El gigante sintió rabia bullir. Esto no acaba aquí, juró. Días después, un mensajero trajo una nota. El oro o la niña muere. Cañón negro. Medianoche. Era la letra del escorpión. Mateo reunió a sus hombres, pero esta vez planeó con astucia.
Irían armados o era una distracción. La tensión crecía. Vaqueros murmuraban de traidores en el rancho. Ramón actuaba extraño, desapareciendo noches. ¿Era él el topo? La medianoche llegó, luna llena iluminando el cañón como un farol del infierno. Mateo cabalgó solo, como pedía la nota, pero sus hombres lo seguían ocultos.
El escorpión apareció con 10 bandidos, la cicatriz reluciendo. El mapa, Toro, o te mato como a tu hermano. Mateo sonrió fríamente. Mi hermano, lo vengaré ahora. Sacó no un revólver, sino dinamita de las minas. Boom. La explosión sacudió el cañón. Rocas cayendo como lluvia mortal. Bandidos gritaron aplastados.
El escorpión disparó hiriendo a Mateo en la pierna, pero el gigante lo alcanzó estrujándolo contra una pared. Por Rosa, por la niña, por todos. Pero el gancho final, el escorpión jadeó riendo. Idiota, Ramón es mi hermano. Él tiene a la niña ahora. Mateo palideció. Cabalgó de vuelta, sangre goteando, corazón latiendo como tambor de guerra.
En el rancho, Caos, Vaqueros Muertos, Ramón con la niña atada, pistola en su 100. El oro es mío, jefe. Siempre lo fue. La confrontación fue épica. Mateo, herido imparable, cargó. Balas volaron, pero su tamaño lo salvó. Desarmó a Ramón con un golpe que lo dejó inconsciente. La niña corrió a sus brazos.
Rosa, ya recuperada, apareció con un rifle. Lo maté por ti, Mateo. Hace años. Revelación So King. Rosa no era víctima inocente. Había fingido la paliza para atraer a Mateo, aliada con el escorpión por el oro. Pero al ver a su hija en peligro, traicionó a todos. “Perdóname”, suplicó Mateo. Traicionado, la miró con dolor.
“El desierto no perdona.” La ató entregándola al serif. Pero la niña la adoptó jurando protegerla. Años después, el rancho prosperó, pero Mateo llevaba la cicatrices. El desierto guardaba secretos y cada viento susurraba advertencias. Volverían más bandidos. La suspense nunca acababa en el viejo oeste.
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