Esa noche, en Guadalajara, el cielo se abrió con una tormenta furiosa. Los truenos retumbaban sobre los tejados mientras Lucía se doblaba de dolor en el pequeño apartamento que compartía con su esposo, Tomás. Con las manos temblorosas, marcó su número:
—Tomás… por favor, ven. Me duele mucho… creo que ya voy a dar a luz.
Del otro lado, su voz fue tan fría como el agua que caía desde el cielo:
—¿Otra vez llamando? Ya te dije, si vas a parir una niña, mejor vete con tu madre. No pienso criar hijas que solo vienen a gastar dinero.
—¿Cómo puedes decir eso? ¡Es tu hija también! —sollozó Lucía.
—Estoy ocupado. Arréglatelas sola —dijo él, antes de colgar.
Lucía se quedó mirando la pantalla apagada, con lágrimas mezcladas con sudor. Agarrándose la panza, salió a la calle empapada, golpeando la puerta del vecino, don Ernesto, quien de inmediato la llevó al hospital civil.
Mientras tanto, Tomás estaba en un hotel de lujo en Puerto Vallarta, en brazos de Valeria, su joven secretaria. Entre risas y copas de vino, ella le dijo:
—¿No te da miedo que el karma te cobre caro por mentirle a tu esposa así?
Él soltó una carcajada.
—¿Lucía? Esa mujer es una carga. Pobre, fea, y sin ambición. Cuando tú me des un hijo varón, me deshago de todo.

No sabía que, en ese mismo instante, su esposa estaba en quirófano entre la vida y la muerte. Su hija nació débil, pero viva. Lucía perdió el conocimiento.
A la mañana siguiente, Tomás volvió a Guadalajara. Pero al llegar a su casa en Zapopan, vio algo que lo dejó helado: desconocidos sacaban muebles al camión de mudanza.
—¡Oigan! ¿Qué hacen? ¡Esa es mi casa! —gritó.
Un hombre con uniforme de empresa inmobiliaria respondió con calma:
—Ya no, señor. La propiedad fue vendida ayer. Aquí tiene la copia del contrato notariado. La nueva dueña es la señora Carmen Ortega… su suegra.
Tomás se quedó pálido. Sacó el teléfono, llamó a Lucía, pero el número ya no existía. En ese momento sonó otro tono: era su madre.
—¡Tomás! ¿Qué hiciste? ¡Lucía casi se muere anoche en el hospital! —le gritó entre lágrimas.
—¡Ella tuvo una niña, mamá! ¿Y la casa? ¡Esa casa está a mi nombre!
—Ya no —replicó ella con rabia contenida—. La casa estaba a mi nombre y la vendí. Le compré un departamento nuevo a Lucía y a mi nieta. Y tú… no vuelvas a acercarte. No quiero un hijo tan miserable.
Tomás se derrumbó en medio de la calle, bajo la lluvia que no cesaba.
Tres meses después, todo se desmoronó. La empresa donde trabajaba lo investigó por malversación. Valeria desapareció con todo el dinero de la cuenta corporativa. Había usado su firma para desviar fondos y huyó a Estados Unidos con otro hombre. Tomás perdió su trabajo, su reputación, su casa… y hasta su madre lo había rechazado.
Una tarde soleada, frente a un nuevo edificio en el centro de la ciudad, Lucía apareció. Llevaba un vestido blanco sencillo y en brazos sostenía a su bebé. A su lado, la señora Carmen conversaba con una vecina. Al verlas juntas, cualquiera habría pensado que eran madre e hija de verdad.
La suegra, con lágrimas en los ojos, tomó la mano de Lucía.
—Hija… te juzgué mal. Creí que mi hijo era un buen hombre. Me equivoqué tanto…
Lucía le sonrió con ternura:
—No se preocupe, mamá. La vida siempre pone a cada quien en su lugar. Y una mujer, por más débil que parezca, puede volver a levantarse cuando todo la empuja al suelo.
El viento sopló suave, secando las lágrimas que quedaban. En brazos de su madre, la niña dormía plácida. Y sobre el cielo despejado de Guadalajara, un arcoíris cruzaba como promesa de un nuevo comienzo.
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