La criada descubre que la nueva esposa del millonario ocultaba algo en el sótano. No olvides comentar desde qué país nos estás viendo. ¿Quién te encerró ahí? El eco de la risa despreocupada de la élite rebotaba en los candelabros de cristal que adornaban el gran salón. Lucía, ataviada en su inconfundible uniforme azul y blanco y sus guantes de ule amarillo, se movía con la eficiencia silenciosa que solo años de servicio pueden pulir.
Portaba una bandeja con copas vacías, sintiéndose una sombra en el deslumbrante despliegue de tercio pelo, seda y joyas. El señor de la Vega, su patrón, un hombre de negocios cuyo rostro siempre reflejaba un cálculo mental, estaba en el centro de la celebración, flanqueado por su flamante esposa Vivian. La boda había sido hace solo un mes, un torbellino de ostentación que había desplazado la memoria de la difunta señora de La Vega, con una rapidez que a Lucía le resultaba inquietante.
Mientras cruzaba el pasillo que llevaba a las cocinas, un área menos concurrida. El murmullo de la fiesta se atenuó. Fue en ese breve instante de relativa calma que una perturbación sutil rasgó el aire. Un sonido débil, casi ahogado por la música lejana, pero inconfundible, un llanto.
No un grito de dolor o un berrinche, sino el soyoso tembloroso y sostenido de un niño pequeño. El corazón de Lucía dio un vuelco. Aquel tono, esa desesperación infantil, le era dolorosamente familiar. Era el mismo lamento que había consolado innumerables veces al pequeño Julián, el hijo de 9 años del señor de la Vega. Por las últimas cinco noches, el niño no había dormido en su cama.
Vivian, con una dulzura ligeramente forzada, había explicado al personal que Julián pasaría una temporada con una prima suya en el campo, una visita necesaria para que madre e hijo se conocieran mejor, antes de que ella asumiera completamente el rol de madrastra, Lucía había tragado la explicación, como tragaba muchas cosas en esa casa, pero ese llanto, la conexión era instantánea y visceral.
se detuvo en seco, pegada a la pared de ladrillo visto del pasillo de servicio atenta. El sonido se repitió. Un hipo que arrastraba consigo una pena profunda y luego, tan abruptamente como había comenzado, cesó. Un silencio denso y antinatural tomó su lugar. Lucía sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la casa.
Podría haberse equivocado, sería el sonido de la televisión o el juego de algún invitado. Intentó racionalizarlo, pero la punzada de certeza en su pecho era difícil de ignorar. Con la bandeja temblando ligeramente en sus manos, volvió al salón principal, sintiéndose expuesta, como si un reflector la apuntara.
Vivian la interceptó cerca de la entrada. Su sonrisa era amplia, sus ojos de un azul helado. Llevaba un vestido esmeralda que parecía absorber la luz. Lucía, ¿estás bien, querida? Te noto un ausente. El servicio en la cocina es vital esta noche. Si tienes alguna preocupación, házmelo saber. Su voz, a pesar de su tono, llevaba una nota de advertencia.
Lucía se recompuso de inmediato. Disculpe, señora de la Vega, es el ajetreo. Todo bajo control. solo revisaba que las áreas de servicio estuvieran despejadas. Mintió con la profesionalidad de quien ha ocultado emociones por décadas. Vivian asintió lentamente, pero sus ojos permanecieron fijos en Lucía un instante más de lo necesario, escrutándola, buscando la grieta en la armadura.

Lucía continuó con sus deberes, pero la semilla de la duda se había plantado y estaba germinando rápidamente. En su periferia notó el reflejo de Vivian, ahora inmersa en una conversación superficial, pero sus miradas furtivas la confirmaban. Estaba siendo vigilada. La nueva señora de la Vega no quería al niño. Era evidente en la forma en que evitaba su nombre, en la prisa con que había ideado su viaje.
Lucía había visto demasiadas segundas esposas para no reconocer el deseo de borrar la historia anterior y comenzar una narrativa inmaculada sin los estorbos del pasado. El llanto resonó de nuevo en su mente, no como un recuerdo, sino como una alarma urgente. Minutos después, bajo el pretexto de buscar unas copas de vino específicas en la despensa, Lucía volvió al pasillo.
Esta vez caminó más despacio, con cada sentido al acecho. El silencio era total, pero sus ojos se posaron en la pared de ladrillo donde había escuchado el sonido. Justo en el centro colgaba un cuadro, una pintura de estilo barroco antigua, pesada, con un marco dorado excesivo. El cuadro le había aparecido siempre fuera de lugar en esa pared de ladrillo, demasiado formal para un pasillo de servicio.
Con un pulso martilleante y un repentino valor nacido de la desesperación, Lucía se acercó al cuadro. Sus manos enguantadas se aferraron al marco. Era muy pesado, pero lo deslizó con cuidado, revelando la pared detrás. No era pared, era una abertura, un pequeño hueco oscuro en el ladrillo, como una ventana en miniatura sellado por el pesado cuadro.
El aire frío y mooso se filtró por la rendija y allí, acurrucado en la oscuridad, con su rostro sucio y surcado por lágrimas secas, estaba Julián. Sus ojos azules estaban abiertos en un terror mudo. Estaba delgado, casi transparente. Y al ver a Lucía, intentó hablar, pero solo un suspiro tembloroso salió de sus labios.
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