
Jeanne nació el 21 de febrero de 1875 en Arlés, una ciudad tranquila del sur de Francia, con callejones empedrados y olor a pan caliente. Era una niña curiosa, de ojos vivos y preguntas interminables. Su padre, Nicolás, vendía barcos de pesca; su madre, Marguerite, le leía novelas de aventuras junto al fuego. Fue criada en una época donde las mujeres debían aprender a bordar, no a soñar. Pero Jeanne soñaba. Siempre.
Cuando tenía apenas 13 años, un hombre extraño entró a la tienda de su tío buscando pigmentos. Tenía el cabello desordenado, las manos manchadas y una mirada que parecía ver más allá de las paredes. Se llamaba Vincent. Vincent Van Gogh.
“Apestaba a sudor, sucio y hosco”, contaría Jeanne décadas más tarde, mientras la televisión pasaba documentales sobre el genio atormentado. “Quién iba a imaginar que ese loco terminaría en los libros de historia. Y yo… seguiría aquí.”
En 1896, Jeanne se casó con Fernand Calment, un comerciante acaudalado y amable. Tenía 21 años y una vida entera por delante. Él la colmó de lujos: vestidos, paseos en bicicleta por los viñedos, vacaciones en Niza. No tuvo que trabajar nunca. Se dedicó al arte, a nadar en el Mediterráneo, a jugar tenis, y a reír.
Pronto nació Yvonne, su única hija. Jeanne se convirtió en una madre devota, aunque nunca dejó de ser mujer. Enseñó a Yvonne a pintar, a leer poesía y a comer chocolate sin culpa.
Pero la tragedia llegó temprano.
En 1934, Yvonne enfermó de tuberculosis y murió a los 36 años. Jeanne, devastada, se hizo cargo de su nieto Frédéric. Lo crió como si fuera su segundo hijo, con el mismo amor, aunque el dolor le robó para siempre la música de su risa.
Los años siguieron, tercos. La guerra pasó como un tren violento por Arlés, pero Jeanne nunca dejó de salir en bicicleta. Con el cabello ya blanco y arrugas en las manos, pedaleaba cada mañana como si la vida todavía le debiera algo.
Fernand murió en 1942, después de comer unas cerezas en mal estado. Jeanne, fiel a su humor ácido, diría años más tarde: “Fue una buena manera de morir. Dulce.”
Frédéric, su nieto, creció, estudió Derecho y la llenaba de orgullo. Hasta que, en 1963, murió en un accidente automovilístico camino a Marsella. Jeanne se quedó sola.
A los 90 años, aún montaba su bicicleta por las calles estrechas. A los 100, vivía sola, cuidaba su jardín y cocinaba su comida. A los 110, contaba historias con más memoria que muchos jóvenes. Su mente era un archivo vivo de tres siglos.
Pero entonces vino la propuesta del abogado.
André Raffray, 47 años, sin hijos. Quería comprar su apartamento, pero con un trato especial: él pagaría una renta mensual hasta que ella muriera. Luego heredaría la propiedad. Jeanne aceptó, riéndose. “El negocio del siglo”, bromeó André. “Para mí”, respondió ella.
Pasaron 10 años.
Después, 20.
Y Jeanne seguía viva.
En 1995, André murió. De cáncer. Jeanne, con 120 años, había ganado el trato. Lo superó por 2 años más. La familia de André siguió pagando el contrato.
¿Cómo lo logró?
Ella decía que era el aceite de oliva. Se lo untaba en la piel, lo bebía por las mañanas, y cocinaba con él. También comía chocolate cada día. No poco, sino mucho. Y una copita de vino tinto, aunque los doctores insistían en quitárselo. Jamás lo permitió.
Pero su verdadero secreto era otro: no se preocupaba por nada.
“¿Para qué? Nada cambia por preocuparse”, decía.
Era ferozmente divertida. Le gustaban los chismes, las bromas oscuras, y burlarse de los periodistas que la visitaban. Una vez, cuando le preguntaron si estaba preocupada por la muerte, respondió:
“No. Pero si viene, le diré que espere su turno.”
Cuando cumplió 122 años, Francia entera celebró. La televisión transmitió un especial. Los niños de Arlés pintaron murales en su honor. Ella, sentada en su sillón, vestida de lila, comía bombones y sonreía para la cámara.
Pero ese último año, algo empezó a cambiar.
Por las noches, se le aparecía Frédéric en sueños. La abrazaba sin hablar. Ella despertaba con lágrimas en los ojos. “Es hora de irme”, le dijo una mañana a la enfermera. “Mi nieto me está esperando.”
El 4 de agosto de 1997, Jeanne Calment cerró los ojos y se fue.
Tenía 122 años y 164 días.
La ciudad de Arlés organizó un funeral modesto pero lleno de flores. Gente de todo el mundo envió cartas. Un coro infantil cantó una canción sobre el tiempo.
En su lápida escribieron:
“Viví. Amé. Y no me preocupé de nada.”
Epilogo
Los científicos aún estudian su ADN. Los escépticos cuestionan su longevidad. Pero en Arlés, nadie duda.
Jeanne Calment no solo vivió mucho.
Vivió con risa, con descaro, con dulzura, y con la sabiduría de quien sabe que todo, incluso el dolor, pasa.
Una vecina anciana, que la conoció de niña, dijo al final del entierro:
—Ella no venció al tiempo. Lo domesticó.
Y quizás tenía razón.
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