
Mi nombre es Erika Schneider, tengo 55 años y acabo de ser madre. ¿Parece increíble, verdad? Yo misma, durante años, creí que la maternidad ya no formaba parte de mi historia. Mi vida era tranquila, algo solitaria, pero a la vez satisfactoria. Vivía en mi acogedor apartamento, rodeada de recuerdos de mi difunto esposo y disfrutaba de mi rutina, que ya no me pedía más que trabajar, salir con mis amigos y, en ocasiones, mirar al pasado con una nostalgia tranquila.
Pero todo eso cambió cuando un pequeño ser empezó a crecer dentro de mí. Al principio, lo oculté. No quería preocupar a nadie ni mostrar una vulnerabilidad que nunca me había permitido. Los meses pasaban y el embarazo crecía, pero a mi lado solo se encontraba mi hija, el reflejo de una vida que jamás imaginé vivir de nuevo.
El día que decidí contarle a mis amigos más cercanos, sentí una mezcla de emoción y miedo. Aquella tarde, en mi apartamento, después de un par de copas de vino y risas, Gisela, Friedrich y Hannelore me miraron como si algo estuviera en el aire. Fue entonces cuando Gisela, con una sonrisa burlona, me dijo:
“¿Y qué nos ocultas, Erika?”
“Te brillan los ojos,” añadió Friedrich, con una sonrisa curiosa.
El silencio que siguió fue abrumador. No podía esperar más. Respiré profundamente y respondí:
“Estoy embarazada.”
La sala quedó en completo silencio, sus miradas se cruzaron con incredulidad. Luego, las preguntas comenzaron a llegar. No entendían. Pero al final, todos aceptaron mi decisión sin preguntar mucho más, excepto por una persona: Thomas. El mejor amigo de mi esposo, quien había estado en todos los momentos cruciales de mi vida, desde la enfermedad de mi marido hasta su partida.
Thomas siempre estuvo allí, como una sombra protectora, pero sin traspasar esa línea invisible que separaba el amor del deber. Y, aunque mi corazón me decía que todo había terminado, un día, después de un encuentro inesperado, nuestra relación cambió sin palabras, sin promesas, solo con un suspiro de alivio.
El tiempo pasó y decidí que no le contaría a Thomas sobre mi embarazo. No quería ponerle esa carga. Sabía que, aunque estaría allí, era una decisión que debía tomar yo sola. Pero todo cambió cuando llegó el día de mi parto. Estaba sola con mi hija, preparada para irme a casa. Y entonces, la puerta se abrió. Thomas estaba de pie, con un ramo de flores en las manos, mirando a nuestra hija, su hija.
Cuando sus ojos se encontraron con los míos, el silencio entre nosotros fue abrumador. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Se acercó, tocó suavemente el rostro de mi hija y preguntó con voz temblorosa:
“Erika… ¿es… mi hija?”
Asentí, con la cabeza baja. La verdad estaba ahí, expuesta. Thomas se sentó a mi lado, me tomó la mano y dijo:
“No tenías derecho a tomar esa decisión sin mí. Yo también soy su padre.”
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Y, en ese momento, entendí lo que había temido tanto: la vida siempre tiene formas de sorprendernos, incluso a los 55 años.
“¿Quieres estar con nosotros?”, susurré, temerosa de lo que pudiera decir.
Él sonrió, acarició la mejilla de nuestra hija y respondió sin dudar:
“Eso ni siquiera es una pregunta.”
El miedo se desvaneció, y con él, una nueva vida comenzó.
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