Después de casi perder la vida en un accidente, el millonario decide fingir que quedó ciego para descubrir quién realmente se preocupaba por él. Pero la revelación que viene después destruye todo en lo que él creía. Esteban iba al volante de su camioneta negra, una de esas que solo los ricos se pueden dar el lujo de tener, con asientos de piel que todavía olían a nuevos.
Llevaba el brazo izquierdo apoyado en la ventanilla y en la otra mano. El celular, aunque no debería. Venía furioso. Su cara estaba tensa, con la mandíbula apretada, los ojos clavados en la pantalla. Discutía con Natalia, su esposa, por mensaje otra vez. Era la misma pelea de siempre, que ella se iba por días a casa de su hermana, que no le contestaba las llamadas, que llegaba oliendo a perfume caro, que no era el suyo, y lo peor, su silencio, esos mensajes vacíos que le mandaba de regreso. Solo decía, “No empieces.
” Oh, no estoy de humor, pero esta vez no pensaba quedarse callado. Escribía a toda velocidad, sin quitar la vista del teléfono, cuando lo alcanzó de lleno una curva cerrada que no vio venir. La llanta derecha pegó con fuerza en la orilla del asfalto, perdió el control del volante y en menos de un segundo todo se fue al La camioneta dio un giro violento hacia el lado contrario. Esteban intentó frenar, pero ya era tarde.
Solo alcanzó a ver una cerca de metal acercándose como una bala y después el golpe sonó como una explosión. El vidrio del parabrisa se reventó al instante y el cuerpo de Esteban se fue hacia adelante con todo y cinturón. El coche dio una vuelta completa en el aire, cayó de lado y luego rodó ladera abajo, aplastando ramas, piedras y lo que fuera que se atravesara.
Todo era ruido, metal, golpes y más golpes. Adentro, Esteban se cubría la cara, pero no podía evitar que la sangre le corriera por la frente. Apenas alcanzaba a respirar, los airbags lo habían golpeado directo en el pecho. No sabía si estaba vivo o muerto.
Cuando al fin todo se detuvo, quedó colgado de lado dentro del coche, atrapado entre los fierros doblados y los restos del asiento. No podía moverse. Un zumbido horrible le llenaba los oídos. como si un enjambre de abejas le gritara en la cabeza. Los ojos los tenía abiertos, pero todo era oscuro. Intentó levantar la mano, pero el brazo le colgaba sin fuerza.
En medio del dolor, pensó que ahí se iba a quedar, tirado como cualquier cosa. En ese momento no importaba cuánto dinero tenía en el banco, ni que fuera dueño de tres empresas. Ni siquiera pensó en Natalia. Solo se preguntaba si alguien lo encontraría. Pasaron casi 20 minutos antes de que una camioneta que venía del otro lado del cerro viera la cerca rota.
El conductor bajó a revisar y entonces escuchó un ruido débil. Llamó a emergencias y en menos de media hora llegaron los paramédicos. Lo sacaron entre tres con cuidado, usando una camilla especial. Esteban tenía la cabeza llena de sangre, el ojo derecho hinchado, el cuerpo lleno de cortes y golpes, apenas y respiraba.
En la ambulancia, uno de los paramédicos lo miró con cara de preocupación. Este no llega”, murmuró sin pensar que Esteban todavía estaba consciente. “Y sí, escuchó todo. Lo llevaron directo al hospital privado más cercano. Ahí ya lo estaban esperando. En cuanto el doctor de guardia lo vio, ordenó que lo pasaran al quirófano.
Necesitaban hacerle varios estudios de inmediato. Tenía costillas rotas, un pulmón colapsado, una pierna fracturada, pero lo más preocupante eran los golpes en la cabeza. Cuando lo metieron al tomógrafo, Esteban no decía nada, solo miraba al techo con esa sensación rara, como si no estuviera en su cuerpo.
Era como si todo lo que pasaba lo viera desde lejos, como si su mente hubiera decidido desconectarse para no sentir más. Dos días estuvo sedado. Dos días enteros sin saber nada, sin responder a nada. Natalia llegó al hospital la noche del segundo día con un abrigo caro y maquillaje impecable, como si hubiera venido de una cena, no de buscar a su esposo en la sala de urgencias.

Preguntó con voz suave qué había pasado, fingiendo sorpresa, y luego se fue a casa a descansar. Mariana, la empleada que trabajaba con Esteban desde hacía más de 4 años, llegó a la mañana siguiente con una bolsa de comida y ojos llorosos. se quedó en la sala de espera por horas, sin moverse, sin decir nada. Solo quería saber si su patrón iba a despertar.
Cuando por fin lo hizo, Esteban sintió un dolor tan fuerte en la cabeza que pensó que iba a vomitar. Se llevó la mano a los ojos, todo era oscuro, no podía ver. Cerró y abrió los párpados varias veces, pensando que era por la luz, pero no. No veía nada. El doctor entró a la habitación. al rato le explicó que los golpes habían sido severos, que había una inflamación que estaba afectando la zona del cerebro relacionada con la visión, que no podían asegurar si era algo temporal o permanente.
Esteban se quedó callado, ni una sola palabra, solo respiró hondo y se quedó ahí acostado pensando. No dijo que estaba asustado, no dijo nada, pero en el fondo una idea comenzó a crecer, una idea que aunque en ese momento no tenía forma, le empezó a dar vueltas por dentro como un veneno lento. Pasaron los días y poco a poco Esteban fue recuperando movilidad.
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