
La jueza carraspeó y la sala — hasta entonces llena de sonrisas burlonas y murmullos — cayó en un silencio denso.
— El tribunal dispone de la transcripción de la entrevista realizada por el psicólogo judicial al menor Pablo Márquez, en presencia de un tutor. Procederé a leer algunos fragmentos.
El abogado Ortega entrelazó las manos, convencido de que era una simple formalidad. Marcelo se acomodó en el banco, con la expresión confiada de quien cree tener la victoria asegurada. Clara sonreía con esa seguridad altiva de quien se siente intocable.
Pero las primeras palabras retumbaron como un mazazo:
— «Papá siempre grita a mamá. Le dice que no vale nada y que es tonta. Pero yo sé que mamá llora en el baño e intenta que yo no la vea. A veces papá se va con la señora Clara y vuelve muy tarde. Yo me quedo solo.»
Un murmullo recorrió la sala. El rostro de Ortega se tiñó de rojo, Marcelo apretó la mandíbula. Clara perdió por primera vez su sonrisa de superioridad.
La jueza continuó con voz serena pero firme:
— «No quiero vivir con papá. Él no me escucha. Solo quiere presumir de mí delante de los demás. Mamá me ayuda con los deberes y me lee cuentos por la noche. Ella no me grita. Quiero quedarme con mamá.»
Mi corazón golpeaba con fuerza dentro del pecho. Las lágrimas me quemaban los ojos, pero no las dejé salir. En esas frases sencillas, Pablo había pronunciado la verdad que yo no había logrado demostrar en meses de humillaciones.
Ortega se levantó de un salto:
— ¡Señoría, el niño ha sido claramente manipulado…!
— ¡Basta! — la voz de la jueza cortó el aire como una espada. — El menor habló libremente y el informe del psicólogo confirma la autenticidad de sus emociones.
Marcelo, pálido como la cal, trató de esbozar una sonrisa forzada.
— Pablo es solo un niño… no sabe lo que dice.
La jueza lo miró con frialdad, clavando sus ojos en él:
— Precisamente porque es un niño sabe perfectamente lo que siente. Los niños no mienten sobre el dolor.
En ese instante sentí cómo se derrumbaban, uno a uno, los muros que me habían aprisionado durante meses. Toda la farsa de Marcelo y Clara se desmoronaba bajo el peso de las palabras de un niño de nueve años.
El veredicto llegó seco, contundente:
— La custodia principal se otorga a la madre, doña Verónica Ibáñez. El padre tendrá un régimen de visitas limitado y condicionado a asistencia psicológica.
Un suspiro colectivo recorrió la sala. Ortega bajó la cabeza, impotente. Clara desvió la mirada, con furia contenida. Marcelo se dejó caer en el banco como un general derrotado en su última batalla.
Yo, en cambio, alcé la cabeza. Y por primera vez en mucho tiempo sentí que respiraba de verdad.
No había ganado solo un juicio. Había recuperado mi libertad. Y, sobre todo, el futuro de mi hijo.
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