En el polvo ardiente del desierto de Sonora, donde las rocas rojas se erguían como guardianes silenciosos, el vaquero Juan el Bajo Ramírez cabalgaba solo, con el sombrero calado hasta las cejas y un revólver oxidado en la cadera. De repente, un disparo rasgó el aire y su caballo se encabritó derrumbándolo al suelo mientras una sombra gigantesca lo cubría.

Era ella, la apache gigante conocida como luna roja, con músculos tallados por el sol y una sonrisa que ocultaba dagas. ¿Quieres morir hoy? Gringo”, gruñó, pero sus ojos brillaban con un secreto mortal. Juan se levantó tambaleante, el corazón latiéndole como un tambor de guerra. Había oído leyendas sobre Luna Roja, una guerrera apache que medía más de 2 metros, hija de un jefe masacrado por bandidos blancos que ahora vagaba por las cañadas vengando a su pueblo.
Pero allí estaba, vestida con flecos de cuero que apenas cubrían su cuerpo escultural, una pluma de águila en el cabello negro como la noche. “No busco problemas, señora”, balbuceó Juan, pero su mirada se clavó en sus curvas y un deseo prohibido lo invadió. ¿Cómo podía un nou vaquero como el soñar con tocar a una diosa de la venganza? Mientras tanto, en las sombras de las montañas, tres forajidos cabalgaban, los hermanos Malone, unos asesinos sanguinarios que habían robado un cargamento de oro mexicano y dejado un rastro de cadáveres. El mayor Black Hat Malone, con bigote espeso y ojos fríos, asusaba a sus hermanos. “Ese oro nos hará ricos, pero cuidado con los apaches”, espetó. No sabían que Luna Roja lo seguía, invisible como el viento, planeando una emboscada que los haría pagar por invadir sus tierras sagradas. Juan, huyendo de su pasado como desertor del ejército, se topó con el campamento apache por accidente.
De pronto, flechas silvaron a su alrededor y manos fuertes lo ataron a un poste. Luna Roja se acercó, su presencia imponente quiando el sol poniente. “Eres un intruso”, dijo con voz ronca. Pero en lugar de matarlo, lo miró con curiosidad. Él temblando levantó la vista y murmuró, “Déjame tocarte ahí.” Señalando su muslo marcado por una cicatriz antigua.
La gigante Apache sonrió de vuelta, un gesto siniestro que escondía una tormenta. Esa noche, bajo las estrellas, Luna Roja lo liberó en secreto. “Tienes fuego en los ojos, vaquero. Únete a mí o muere.” Juan, hipnotizado por su fuerza, aceptó. Juntos cabalgaron hacia el cañón donde los Malone planeaban cruzar.
El aire olía a peligro y cada paso era una ruleta rusa. ¿Traicionaría Juan a la mujer que lo salvó o se uniría a su venganza sangrienta? Al amanecer, los Malón entraron en el cañón angosto, sus caballos resoplando polvo. Black Hat lideraba, rifle en mano, pero de repente una figura emergió de las rocas, luna roja, con los brazos extendidos como una profeta.
“Detenganse, perros!”, gritó y los vaqueros sacaron sus armas. Juan, escondido atrás sintió el pulso acelerado. Dispararía contra sus propios hermanos de raza o contra la apache que lo había hechizado. El tiroteo estalló como un trueno. Balas rebotaban en las paredes rocosas y uno de los Malone cayó herido gritando de dolor.
Luna roja, ágil pese a su tamaño, esquivó un disparo y contraatacó con un cuchillo que brillaba al sol. Juan salió de su escondite revólver humeante y mató al menor de los hermanos. Sangre salpicó la arena y Black maldijo. Traidor, te arrancaré el corazón. Pero Luna Roja lo derribó de un golpe, su fuerza sobrenatural aplastando huesos. En medio del caos, Juan se acercó a ella jadeante.
“Déjame tocarte ahí”, repitió esta vez con urgencia, rozando su abdomen marcado por batallas. Ella sonrió, pero sus ojos revelaron un secreto. So King era la hija perdida de un terrateniente mexicano, raptada por apaches y transformada en guerrera. ¿Lo usaría como peón en su venganza mayor o realmente sentía algo por este louquero? Huyeron juntos al atardecer, pero el superviviente Malone los perseguía, herido furioso.
En una cueva oculta, Luna Roja y Juan se refugiaron. El fuego crepitaba y el aire se cargó de tensión. Ella se quitó los flecos revelando tatuajes ancestrales que contaban historias de masacres. Juan, embelezado, extendió la mano. “Eres como un sueño prohibido”, susurró. Pero de repente un ruido. Malone irrumpió. pistola en mano.
“Muere, [ __ ] apche”, rugió disparando. La bala rozó el hombro de luna roja y ella huyó de rabia. Juan se lanzó sobre el bandido forcejeando en el suelo. Puños volaron, sangre brotó y en un twist suspensivo, luna roja clavó su cuchillo en la espalda de Malone. El hombre cayó muerto, pero no antes de revelar.
El oro está enterrado en el cañón con un mapa en mi bolsillo. Era una trampa o la clave para una fortuna que cambiaría todo. Con el cadáver a sus pies, Luna Roja se volvió hacia Juan, su expresión cambiando a vulnerabilidad. Se acercó su cuerpo gigante envolviéndolo. “Tócame, vaquero”, murmuró guiando su mano a su cicatriz. El toque fue eléctrico, un soquín de intercambio de deseo y dolor.
Pero en ese momento íntimo, un flashback invadió la mente de Juan. Él había sido parte de la banda que mató al padre de Luna Roja años atrás. Confesaría, arriesgando su ira o guardaría el secreto que podría destruirlos. Al día siguiente, cabalgaron hacia el cañón para desenterrar el oro. El sol quemaba y el suspense crecía con cada paso.
Habría más bandidos esperando. De pronto, una emboscada. Dos apaches renegados, antiguos rivales de Luna Roja, aparecieron con rifles. “Traicionaste a tu tribu por un blanco”, acusó uno. Balas silvaron y Juan fue herido en la pierna cayendo al suelo. Luna Roja luchó como una fiera, matando a uno, pero el otro la acorraló. En un momento, Soq King Juan desde el suelo disparó al renegado salvándola.
Pero la bala fatal reveló otro secreto. El apache moribundo era su hermano perdido. Luna Roja cayó de rodillas, lágrimas surcando su rostro. ¿Por qué lo hiciste, soyó? Juan, cojeando, la abrazó. Por ti, mi gigante. Pero el oro, al desenterrarlo, estaba maldito dentro del cofre. Un veneno apache que se activó al abrirse liberando gas tóxico.
Tosieron ahogándose y Juan vio visiones de su pasado criminal. Luna Roja, con fuerza hercula, lo arrastró fuera del cañón, pero el veneno la debilitaba. En un claro se detuvieron. “Déjame tocarte ahí”, imploró Juan una vez más, esta vez tocando su corazón latiendo débil. Ella sonrió débilmente, pero confesó, “Yo supe quién eras desde el principio.
Te usé para vengarme.” Saking Twest. Ella lo había traído para matarlo, pero el amor la había cambiado. Recuperándose milagrosamente, cabalgaron hacia un pueblo mexicano fronterizo, donde rumores de una guerra apache se esparcían. Juan, ahora leal, planeó ayudar a Luna Roja a unir tribus contra invasores blancos, pero en la cantina un serif corrupto los reconoció.
“Esa es la apache asesina”, gritó sacando su placa falsa. Un tiroteo épico estalló. Mesas volaron, botellas se rompieron y Juan mató a dos de Pietis. Luna roja en el centro desarmó a tres hombres con sus manos desnudas, pero el serif la hirió en el brazo y ella cayó. Juan, furioso, lo enfrentó en un duelo clásico, sol alto, manos en revólveres.
Van. El serit mordió el polvo, pero no antes de herir mortalmente a Juan en el pecho. Moribundo, Juan se arrastró hacia Luna Roja. “Déjame tocarte ahí”, susurró por última vez. su mano en su mejilla. Ella llorando lo besó revelando el último Soc. Estaba embarazada de él, un hijo mestizo que uniría mundos. Pero con bandidos acercándose, ella lo cargó en su caballo y galopó hacia el horizonte, jurando venganza eterna.
Años después, en las leyendas del oeste, se hablaba de la gigante Apache y su vaquero Loui, cuya toque prohibido inició una saga de sangre y pasión. El desierto guardaba sus secretos. Pero el eco de sus disparos aún resonaba suspensivo e interminable.
News
Todavía estaba sangrando, apenas podía incorporarme, cuando mi hermana irrumpió furiosa en mi habitación del hospital y me espetó con rabia: “Dame tu tarjeta de crédito. Ahora”. Cuando me negué, me agarró del cabello y me echó la cabeza hacia atrás con violencia. Grité de dolor. Entonces mi madre levantó a mi bebé recién nacida hacia la ventana y susurró: “Hazlo, o la suelto”. Supliqué que llamaran a seguridad, sin imaginar jamás lo que estaba a punto de suceder después.
Todavía estaba sangrando. El dolor me atravesaba el abdomen como una marea lenta y espesa, y apenas podía incorporarme en…
Entré en la habitación de mi hija después de pasar toda la semana notando moretones en sus brazos. Ella estaba sentada en la cama, llorando y temblando. —La familia de papá dijo que si te lo cuento, te harán mucho daño —susurró. Me senté a su lado y le dije con voz firme: —Cuéntamelo todo. Entonces me reveló detalles aterradores sobre lo que su abuela, su tía y su tío le habían estado haciendo cada fin de semana.
Entré en la habitación de mi hija después de una semana entera viendo moretones en sus brazos. Al principio me…
Mientras yo estaba en el hospital con la pierna rota tras un accidente de coche, mi novio publicó fotos suyas en una fiesta con su ex, acompañadas del mensaje: “¡POR FIN LIBRE DE LA REINA DEL DRAMA PEGADIZA Y SUS EXIGENCIAS CONSTANTES!” Llevábamos CUATRO AÑOS juntos. No comenté nada. Esta mañana, mi teléfono no dejó de vibrar con mensajes desesperados de él y con su madre suplicándome que lo reconsiderara…
Estaba en una habitación blanca del hospital San Gabriel, con la pierna izquierda inmovilizada desde la cadera hasta el tobillo,…
Mi novio se emborrachó en una fiesta y lo anunció delante de todos: —Ella es básicamente mi criada con beneficios: sirve para fregar los baños y pagar el alquiler, pero es demasiado aburrida para cualquier otra cosa. Cuando intenté irme, me agarró la muñeca y gritó: —¡Siéntate! Miren, chicos, ni siquiera tiene el valor de marcharse. Patética, ¿no? Sus amigos se rieron mientras él bloqueaba la puerta, agitando mi bolso en el aire. Yo solo sonreí, me senté y esperé a que la noche terminara.
Me llamo Lucía Morales y durante casi tres años creí que mi relación con Javier Roldán era imperfecta, pero salvable. Vivíamos juntos en un…
Durante 38 años, mi esposo fue al banco todos los martes. Nunca faltó ni una sola vez. Cuando falleció, abrí su caja fuerte, encontré una carta y descubrí el motivo… Y lo que leí en ese pedazo de papel… me cambió la vida para siempre.
Durante treinta y ocho años, mi esposo fue al banco todos los martes sin faltar jamás. Lloviera o hiciera sol….
Durante meses, mi hija no llamó, y ese silencio me dio más miedo que cualquier campo de batalla que haya pisado. Después de conducir tres horas hasta su casa, su marido sonrió y dijo: «Está de vacaciones con unas amigas». Algo en su mirada me dijo que mentía. Volví a rodear la propiedad una vez más… y me quedé paralizado. Desde el cobertizo abandonado, escuché un susurro: «Papá… por favor, no te vayas».
Durante meses, mi hija dejó de llamar. Eso, por sí solo, ya era una señal. Me llamo Javier Morales, soy suboficial…
End of content
No more pages to load






