Mi madre está jubilada y tiene bastantes ahorros, pero en lugar de ayudarme a pagar la deuda de mi tarjeta de crédito, gasta el dinero en viajes a Europa y cruceros.
Desde que me quedé sin trabajo y con una deuda creciente en la tarjeta de crédito, esperaba poder contar con el apoyo de mi madre, que siempre había sido mi mayor respaldo. Sin embargo, la realidad fue diferente. Mi madre, jubilada y con ahorros que había acumulado con esfuerzo durante toda su vida, decidió que era hora de disfrutar.

La veía publicar fotos en redes sociales, posando con sonrisas radiantes en ciudades europeas, tomando cócteles al atardecer en cruceros por el Mediterráneo. Mientras tanto, yo luchaba para llegar a fin de mes, haciendo malabares con gastos y evitando llamadas de los bancos.
Una noche, decidí enfrentarla.
—Mamá —le dije—, sé que tienes dinero ahorrado. ¿No podrías ayudarme a pagar esta deuda? Estoy en un momento difícil.
Ella me miró con calma, tomó su copa y respondió:
—Cariño, he trabajado toda mi vida, ahorrado con esmero y me he privado de lujos para que tú tuvieras todo lo que necesitabas. Ahora que por fin puedo disfrutar del mundo, ¿esperas que anteponga tus errores financieros a mi propia felicidad?
Sentí un nudo en la garganta.
—Te quiero, pero no voy a pasar mi jubilación ayudándote mientras me quedo en casa —continuó—. Ya eres adulta; es hora de que te valgas por ti misma.
Sus palabras me dolieron, pero también me hicieron reflexionar. Entendí que, aunque quisiera que ella me apoyara económicamente, también tenía derecho a vivir su vida y disfrutar lo que había logrado.
Quizás era momento de asumir la responsabilidad y buscar mi propio camino, sin esperar que su felicidad dependiera de mis problemas.
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