En aquella habitación oscura me quedé paralizada, incapaz de respirar. Mis ojos se acostumbraron poco a poco a la penumbra y comencé a distinguir cajas, sacos y estanterías repletas. Pero no era nada común. En las paredes colgaban viejas fotografías, periódicos amarillentos, bocetos extraños y documentos. Todo parecía un archivo secreto improvisado.
El hedor sofocante provenía de unos grandes frascos alineados sobre una mesa. Me acerqué temblando y vi un líquido turbio en el que flotaban objetos irreconocibles. Retrocedí de golpe, con el corazón desbocado.
De repente escuché pasos detrás de mí. Me sobresalté. Era él — mi marido. Me miró como si hubiera cometido el peor de los pecados.
— ¿Qué haces aquí?! — exclamó con voz baja, cargada de rabia, pero también con un matiz de miedo.
— Pensaba… que tenías a otra… una amante… Solo quería saber la verdad… — balbuceé.
Se echó a reír nervioso, casi con desprecio.
— ¿Una amante? ¿De verdad crees que vengo todas las noches hasta aquí por eso?
Me agarró del brazo y me llevó hacia una lámpara. La encendió y la habitación quedó iluminada de golpe. Ahora veía con claridad: estanterías llenas de carpetas, mapas, planos. Nada romántico, sino algo oscuro e inquietante.
— Nunca te conté la verdad sobre mi familia — empezó, con voz más calmada, aunque aún tensa. — Mi padre trabajaba para los servicios secretos en Madrid. Reunía materiales, pruebas. Tras su muerte, todo quedó aquí, escondido. Y alguien tenía que custodiarlo.
Me quedé sin palabras.
— ¿Y tú… tú te ocupas de todo esto?
— No solo lo custodio. Lo estudio. Hay gente poderosa en España y en toda Europa que pagaría lo que fuera para destruir estos documentos. Si descubrieran que los tengo yo, nuestra vida terminaría.
Me apoyé contra la pared, sintiendo que el mundo se me daba la vuelta. Todos mis celos, toda mi rabia por la supuesta amante se desvanecían frente a esa verdad.
— Pero ¿por qué no me lo contaste? — susurré, casi llorando.
Me miró fijamente:
— Porque te quiero. Y quería protegerte. Si lo supieras, tú también serías un objetivo.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier discusión. En ese instante comprendí que mi marido no era solo mi compañero de vida, sino parte de un juego peligroso, infinitamente más grande que nosotros.
Cuando salimos de aquella casa vieja en las afueras de Toledo, el aire frío de la noche me pareció increíblemente limpio. Sabía que mi vida ya nunca sería la misma. Y lo más extraño era que quería seguir a su lado. Incluso dentro de ese laberinto de secretos.
Porque la verdad resultó mucho más impactante que cualquier amante.
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