
La hija del millonario solo tenía tres meses de vida, pero la sirvienta hizo algo que lo dejó en shock.
La pequeña Camila, hija única de Rodrigo Alarcón, un empresario respetado pero frío, acababa de recibir un diagnóstico devastador. Los médicos aseguraban que solo le quedaban tres meses de vida debido a una rara enfermedad que avanzaba sin control. Rodrigo, acostumbrado a resolverlo todo con dinero, había llamado a los mejores especialistas de Europa.
Sin embargo, la respuesta era siempre la misma. No había nada que hacer. Esa tarde Claudia entró con cautela y vio a la niña en su cuna tan débil, mientras Rodrigo se desmoronaba en silencio, sentado en el sillón.
– “Señor, ¿quiere que le prepare un té?”, preguntó ella con la voz temblorosa. Rodrigo levantó la mirada, sus ojos rojos de tanto llorar y murmuró con rabia contenida:
– “Un té no va a salvar a mi hija. ” Esa noche, mientras todos dormían, Claudia se quedó despierta junto a Camila.
la meció con suavidad, tarareando una canción que su madre le había cantado en su infancia. En ese instante, recordó algo que había vivido años atrás. Su propio hermano había enfrentado una enfermedad similar. No lo habían curado en un hospital lujoso, sino con un tratamiento experimental de un médico retirado que jamás quiso reconocimiento público.
Claudia dudaba en hablar. Sabía que Rodrigo podía despedirla solo por insinuar algo fuera de lo convencional, pero ver a la niña aferrándose a cada respiración la impulsó a tomar una decisión arriesgada. Al día siguiente, cuando Rodrigo estaba rodeado de abogados revisando papeles del testamento, ya pensaba en lo inevitable, Claudia se armó de valor.
Señor, yo conozco a alguien, un doctor que ayudó a mi hermano cuando nadie más pudo. No promete milagros, pero podría intentarlo. Rodrigo se levantó de golpe furioso.
– ¿Te atreves a comparar la vida de mi hija con remedios de charlatanes? Fuera de aquí antes de que pierda la paciencia, Claudia bajó la cabeza y se fue con lágrimas en los ojos, pero dentro de ella ardía la convicción de que debía insistir.
Pasaron dos días, la salud de Camila se deterioraba con rapidez. La niña apenas podía abrir los ojos y su respiración se volvía más corta. Rodrigo, desesperado, golpeó la mesa de su despacho y gritó,
– “¡Maldita sea, tiene que haber una salida.” Fue en ese momento cuando recordó la mirada firme de Claudia.
Por primera vez en años dejó de lado su orgullo y la buscó.
Dime la verdad, ese doctor Asiún vive.
– ¿Dónde lo puedo encontrar? Claudia lo miró sorprendida, con los ojos brillosos y asintió.
Sí, pero no recibe a cualquiera. Es un hombre que dejó todo por culpa de las farmacéuticas. No confía en los ricos ni en sus promesas. Rodrigo respiró hondo. Sabía que todo en su vida se había conseguido con dinero, pero esta vez no podía comprar la esperanza de su hija.
Haz lo que sea necesario, Claudia, solo sálvala. Esa súplica salida de un hombre que jamás bajaba la cabeza, estremeció a la sirvienta. Ella sabía que ese camino no sería sencillo. El doctor vivía apartado, lejos de la ciudad y apenas atendía casos recomendados por personas de confianza. Si aceptaba debían hacerlo en secreto sin que nadie más lo supiera.
Claudia organizó todo sin avisarle a los médicos oficiales de la familia. Una madrugada salió con la niña en brazos. Mientras Rodrigo lo seguía en silencio, vestido de incógnito para no llamar la atención, condujeron hasta un pequeño pueblo en las montañas, donde el tiempo parecía detenido.
Allí, en una casa humilde, un hombre mayor los esperaba. Su mirada era firme y, antes de dejarles entrar, dijo con voz grave,
– “Si han venido buscando milagros.” Se equivocaron de puerta.
Aquí solo hay verdad y la verdad duele. Rodrigo sintió que la tierra se le movía bajo los pies. Nunca nadie lo había enfrentado con tanta dureza.
Claudia sostuvo fuerte a la niña y suplicó,
– “Doctor, no pedimos milagros, solo queremos que intente. Ella merece una oportunidad.” El hombre los dejó pasar, observando cada detalle como si midiera la sinceridad de sus palabras.
Dentro de la sala olía a hierbas y a medicinas antiguas. Camila apenas pudo soltar un gemido débil y el doctor la miró con compasión.
Lo que tiene es grave, muy grave. Pero no imposible. Rodrigo dio un paso al frente temblando de esperanza. Entonces,
– ¿puede salvarla? Dígame cuánto dinero quiere. Yo pagaré lo que sea. El doctor lo interrumpió de inmediato. Aquí el dinero no vale nada. Lo que importa es si está dispuesto a hacer lo que nunca hizo….
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