Cada mes le entregaba a mi nuera 2,000 pesos de mi pensión para que fuera al mercado y cocinara. Yo pensaba: “Ya estoy vieja, lo único que quiero es una comida decente, compartir la mesa con mis hijos y nietos.”
Pero un día, mientras comíamos, noté que la carne tenía demasiada grasa. Solo hice un comentario sencillo:
—La próxima vez compra carne más magra, mija, así es más fácil de comer.

Creí que era solo una observación, pero mi nuera frunció el ceño y se volteó sin decir nada. A la mañana siguiente fue al tianguis y regresó con un pescado echado a perder. El olor llenaba la cocina. Puso el caldo en la mesa y yo, al verlo, no pude ni llevarme la cuchara a la boca. La rabia me ahogaba.
“Esto ya es el colmo”, pensé. “Crío cuervos para que me saquen los ojos. En vez de agradecer, se comporta como niña caprichosa.”
Así que decidí no darle ni un peso más, quería ver cómo se las arreglaba.
Pero justo tres días después, mi hijo me llamó a la sala. Estaba sentado muy serio, y a su lado mi nuera, con los brazos cruzados y la mirada altanera, como si ya hubiera ganado la batalla. Mi hijo me miró y con tono autoritario dijo:
—Desde ahora, mamá, ya no tiene que dar dinero a mi esposa. Pero tampoco tiene que meterse en la cocina, ni opinar sobre lo que se compra o se prepara. Usted solo come, y lo demás déjelo en nuestras manos. Ah, y otra cosa: no se aferre a su pensión, al fin ¿para qué la quiere? Mejor désela a mi esposa para que la administre, no vaya a ser que la gaste mal.
Sentí que el corazón se me detenía. No podía creer que el hijo al que crie con tanto sacrificio hablara así conmigo. Mi nuera, en cambio, sonreía con satisfacción, como quien gana una partida.
El pecho me dolía, las lágrimas rodaban solas. En un instante entendí que para ellos me había convertido en una carga, y que esos pocos pesos no eran más que la excusa para mostrar su verdadero rostro.
Me quedé callada, mirando al vacío. El hijo que un día llevé en brazos ahora me trataba como extraña. Pero ellos no sabían que yo ya había tomado mis precauciones.
Tres meses atrás, cuando empecé a sentir que la salud me fallaba, llevé todos mis ahorros —más de 300,000 pesos que guardaba escondidos en un viejo ropero— a mi hija menor, que vive en Guanajuato. Le dije:
—Hija, si un día me pasa algo, tú te encargas de mi entierro. No dejes que tu hermano y tu cuñada se peleen por mi dinero.
También hice un testamento, con notario, donde aclaré que la casa sería para ella, porque es la única que me visita, me lleva medicamentos y nunca me ha hecho sentir sola.
Me limpié las lágrimas, levanté la cara y con voz temblorosa pero firme les dije:
—No se preocupen más por mi pensión. Desde hoy yo la voy a manejar. Y para que quede claro: no tengo nada más que darles.
Mi nuera abrió los ojos como platos, y mi hijo se quedó mudo.
—¿Cómo dice, mamá? —balbuceó—. Si su pensión no alcanza ni para mucho…
Yo sonreí suavemente, con un alivio nuevo en el corazón:
—Cierto, no alcanza para tanto. Pero lo que sí tenía, ya se lo confié a alguien que sabe valorarlo. Y no son ustedes.
El silencio cayó sobre la sala. La cara de mi nuera enrojeció de rabia, y mi hijo apenas pudo articular palabra. Me levanté con mi bastón y subí a mi cuarto, dejándolos paralizados detrás de mí.
Esa misma noche empaqué mis cosas y llamé a mi hija. Ella llegó al amanecer para llevarme de regreso a su casa en el campo.
El día que dejé aquella casa, que antes estuvo llena de risas de mis nietos, ya no lloré más. Entendí que a veces la sangre se nubla con la avaricia. Pero también supe que todavía tenía un lugar al cual volver, alguien que sí me quería de verdad.
Sonreí y apreté fuerte la mano de mi hija durante el viaje hacia Guanajuato. Atrás quedaba esa casa donde mi hijo y mi nuera vivirían entre las paredes frías que ellos mismos habían levantado con su egoísmo.
Y yo, al fin, había dado un paso adelante… para quedarme con la paz de mis últimos años.
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