Una madre humilde fue despedida por llevar a su hijo, pero el jefe millonario lo vio todo y no pudo quedarse en silencio. “Esto es completamente inaceptable, esperanza”, gritó Gabriela Vázquez, señalando con el dedo hacia Diego, quien se abrazaba a las piernas de su madre.
“Este es un lugar de trabajo profesional, no una guardería.” Esperanza sintió que el mundo se le venía encima. Ahí estaba, parada en medio del elegante piso del bufete romero en asociados, con su hijo de 8 años a su lado y los ojos de todos los empleados clavados en ella. Diego temblaba un poco, confundido por los gritos de la mujer que nunca le había dirigido ni una sonrisa.
Señora Vázquez, por favor, déjeme explicarle”, suplicó Esperanza, manteniendo la voz calmada, aunque su corazón latía como tambor. “Es una situación de emergencia, mi niñera. No me interesan sus excusas”, la interrumpió Gabriela cruzando los brazos con satisfacción. “Las políticas de la empresa son claras. No se permiten niños en el área de trabajo bajo ninguna circunstancia.
Pero mi mamá trabaja muy bien”, intervino Diego con su vocecita temblorosa. Yo no molesté a nadie, solo estaba dibujando. Gabriela le lanzó una mirada de desprecio que hizo que Esperanza sintiera una furia protectora corriendo por sus venas. “Mira, niño, este no es lugar para ti. Tu madre debería haber pensado mejor antes de traerte aquí.
Mi hijo se llama Diego y se portó mejor que muchos adultos que conozco”, respondió Esperanza, apretando suavemente el hombro de su hijo. Lo que ninguna de las dos mujeres sabía era que desde su oficina del piso superior, Sebastián Romero observaba toda la escena a través de los grandes ventanales. Sus manos se cerraron en puños mientras escuchaba cada palabra cruel que salía de la boca de Gabriela. La mañana había comenzado como cualquier otra para esperanza.
El despertador sonó a las 5:30 y como siempre se levantó de inmediato para preparar el desayuno de Diego y alistar todo para otro día de trabajo en el prestigioso bufete, donde había demostrado ser indispensable durante 3 años. Pero a las 6 de la mañana su teléfono sonó. “Eperanza, mi hija, perdóname”, había dicho la voz de la señora Carmen al otro lado de la línea.
“Mi hermana está en el hospital. y tengo que irme a Puebla ahora mismo. No puedo cuidar a Diego hoy. El pánico se apoderó de esperanza. Sin la señora Carmen, no tenía a nadie que pudiera cuidar a su hijo. Llamó desesperadamente a su hermana, pero vivía muy lejos y tenía su propio trabajo.
Intentó con las vecinas, pero era demasiado temprano y todas tenían sus propias responsabilidades. “Mami, ¿qué pasa?”, preguntó Diego, apareciendo en la cocina con su pijama de dinosaurios y los ojos todavía adormilados. “Nada grave, mi amor, solo que la señora Carmen no puede venir hoy”, le explicó Esperanza tratando de mantener la calma. “Tengo una presentación muy importante en el trabajo.

Diego, que a pesar de sus 8 años había desarrollado una madurez poco común debido a las circunstancias de su vida, se acercó a su madre. ¿Puedo ir contigo al trabajo? Prometo portarme superb. Esperanza sabía que no era la decisión correcta, pero no tenía alternativa.
La presentación para el señor Romero era crucial y faltar al trabajo no era una opción cuando cada peso contaba para pagar la renta de su pequeño departamento en la colonia Doctores. Está bien, pero vas a tener que ser invisible, ¿de acuerdo? Vas a quedarte en una salita dibujando y leyendo y no puedes hacer ni el más mínimo ruido. Prometo ser como un ninja, respondió Diego con una sonrisa, haciendo reír a su madre a pesar de la preocupación. El viaje en metro hasta Polanco fue silencioso.
Diego observaba por la ventana mientras Esperanza repasaba mentalmente su presentación. Al llegar al elegante edificio del bufete, instaló a su hijo en una pequeña sala de conferencias que sabía que no se usaría hasta la tarde. “Aquí tienes tus libros para colorear, tus crayones y tu lonchera”, le dijo arreglándole el cabello.
“Si necesitas algo, vienes conmigo muy quedito.” “Sí.” “Sí, mami. Ve a trabajar tranquila.” Durante 4 horas todo salió perfecto. Esperanza preparó documentos, atendió llamadas y hasta logró adelantar trabajo extra. Diego cumplió su promesa. Permaneció en silencio, coloreando y organizando algunos papeles que su madre le había dado para que se sintiera útil.
Pero Gabriela Vázquez tenía el don de aparecer en los momentos menos oportunos. Cuando descubrió a Diego, sus ojos brillaron con una mezcla de triunfo y malicia. a mi oficina ahora”, le ordenó a Esperanza. Y ahora estaban ahí en medio del piso principal con todos mirando. “Queda despedida efectivamente”, declaró Gabriela con una sonrisa fría.
“Puede recoger sus cosas y marcharse.” Esperanza sintió que las piernas le temblaban, pero mantuvo la dignidad. “Señora Vázquez, llevo 3 años trabajando aquí sin una sola falta, sin una sola queja. Mi expediente es impecable. Su expediente ya no importa. Violó las políticas de la empresa y puso en riesgo nuestra imagen profesional.
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