
No soy el tipo de individuo que solicita compasión. En mi vida, nunca lo he sido. Aprendí que un individuo auténtico asume sus responsabilidades, continúa progresando y preserva a su familia.

No obstante, la existencia humana no siempre se caracteriza por su equidad. Me identifico como Thomas Garrett. Soy progenitor de cuatro hijos, tres niños de notable energía, de 11, 9 y 7 años, y mi pequeña Lily, a pesar de su corta edad, posee un espíritu de combate. Mi cónyuge, Emily, frecuentemente afirmaba que nuestra vivienda resonaba como un carnaval. Actualmente, incluso el viento que se propaga a través de los árboles me evoca su voz. Hace tres años, ella falleció de cáncer. Se manifestó con celeridad, brutalidad e intransigencia. La sostenía firmemente con la mano hasta su último suspiro. Sonrió y susurró: «Se garantiza que los mantendrás seguros». Únicamente con propósitos ilustrativos. Realizé dicha promesa. He realizado todas las acciones necesarias para preservarlo. No obstante, tras su deceso, todo se desmoronó. El dolor me consumió completamente. Perdí los días en el entorno laboral. Despedida. Cartas agrupadas. Los avisos de arrendamiento se transformaron en correspondencia de desalojo. Se procedió a la venta de todos nuestros bienes, incluyendo nuestro vehículo, mobiliario, incluso mi anillo de bodas, con el objetivo de preservar la comida en el estómago de mis hijos. Finalmente, la existencia se reducía a algunos recursos de campamento antiguos y un espacio situado bajo el puente en las periferias de la ciudad. A lo largo de cuatro meses, ese puente se transformó en nuestro hogar. Realizamos una estructura de tienda de campaña utilizando lonas y cuerda. En las noches, metía a los niños bajo mantas de patchwork y simulaba que todo estaba bien. La narración de cuentos, el juego de las marionetas de sombras y la observación de las estrellas. Realizé todas las medidas factibles para resguardarlos de la realidad: que su progenitor se encontraba arruinado, sin empleo y aterrorizado. La mayor parte de los días permanecían idénticos. Me despertaría previo al alba, procedería a la limpieza y exploraría cualquier tipo de empleo. Ocasionalmente desempeñaba tareas esporádicas como la limpieza de canalones, la descarga de cajas y la asistencia a ancianas en el traslado de muebles. En ocasiones, depositamos nuestra confianza en los comedores de beneficencia, las provisiones y la escasa cordialidad de los individuos desconocidos. No obstante, la actitud de amabilidad era… rara. Los individuos nos observaban con una percepción de invisibilidad. Aún más grave, como si fueramos transmisibles. Por lo tanto, en una mañana fría, ocurrió un suceso. Un fenómeno que nunca he presenciado. Se trataba de un martes.

Lo recuerdo debido a que habitualmente recibíamos un vale de comida de una congregación local. No obstante, ese día se agotarían. Correspondían a mí exactamente 3,18 dólares. No suficiente para una comida adecuada, pero posiblemente lo suficiente para adquirir algunas galletas o mantequilla de maní en la gasolinera situada al final de la vía. Únicamente con propósitos ilustrativos. Los niños permanecían dormidos en el establecimiento comercial, acurrucados como cachorros. Procedí a besar cada frente, envuelvi a Lily con mayor intensidad en su manta y me distancié en silencio. La caminata hasta la estación fue breve, sin embargo, experimentaba dolor en las extremidades inferiores. Mis calzados presentaban perforaciones. Mi abrigo presentaba un tamaño excesivamente delgado. El aire me permea de manera similar a pequeñas agujas. Al arribar al lugar, observé a un individuo de edad avanzada en la primera fila. Se presentaba con una apariencia más desfavorable que la mía: delgado, temblando, con los ojos hundidos y temblando las manos. Seleccionó una diminuta botella de leche y una barra de granola. El cajero efectuó una llamada. «2,95 dólares». El individuo de avanzada edad abrió la palma de su mano. Se desplazaron algunos centavos, monedas de diez centavos y centavos a través del mostrador. Contó… y su narración se quedó corta. «Lo siento,» exclamó. «Creí que había alcanzado el suficiente». El cajero puso los ojos en un estado de asombro. «Su estatus es bajo, señor.»

«Solo tengo hambre», susurró el individuo. La línea tras él experimentó un estado de inquietud. «¿Por qué alguien no lo saca de aquí?», inquirió un individuo con traje. Una mujer a su lado se burla: La gente de esta naturaleza requiere cesar su queja. Es desagradable. Únicamente con propósitos ilustrativos. Experimenté una sensación de apretamiento en mis puños. Este individuo no estaba infligiendo daño. Únicamente poseía… hambre. Sin reflexionar, procedí a avanzar, depositando mis últimos tres dólares en el mostrador. «Lo poseo». El individuo de avanzada edad se giro, sobresaltado. «Indudablemente, hijo, no puedo…» «Podrías.» «Está bien», respondí, asintiendo con suavidad. «Dejeme.» Parpadeó, sus ojos nublados se llenaron de lágrimas. «Le agradezco.» «Deseo que Dios te bendiga». Se desplazaba de manera gradual, sosteniendo esa diminuta bolsa como si contenía un tesoro. Mi búsqueda no resultó fructífera. Emergí con las manos desprovistas, con los bolsillos desprovistos, pero de manera insólita, mi corazón se encontraba repleto. Regresé al establecimiento comercial, proporcioné a los niños una sonrisa que no percibía y me integré en un juego de «adivina la forma de la nube». Posteriormente, durante esa noche, compartimos una diminuta barra de pan procedente de la despensa. No fue significativo, sin embargo, fue algo. Únicamente con propósitos ilustrativos. Dicha noche, tras el sueño de los niños, me senté en el exterior y observé las estrellas. «No tengo más alternativas, Señor», susurré. No obstante, estoy realizando un intento. Lo estoy verdaderamente intentando. La mañana subsiguiente se inició de manera similar a cualquier otra:

, serena, incierta. Durante el proceso de cepillado de las hojas de nuestro lona, percibí el sonido infundido de los neumáticos que se desplazaban por la grava. Me giré y quedé congelado. Dos distinguidos vehículos de color negro se habían detenido en la ruta terrestre próxima al puente. Parecían estar considerablemente fuera de lugar. Dos individuos vistiendo chaquetas de color azul marino salieron. Uno sostiene un sobre de gran tamaño. «¿Usted es Thomas Garrett?» inquirió. Mi intestino experimentó una torsión. «Es así… ¿Quién formula preguntas? Le sonrió. «Esto es dirigido hacia ti». Me proporcionó un sobre de tonalidad crema. El texto presentaba mi nombre en cursiva ordenada. Lo abrí con los dedos en estado de temblor. En el interior se encontraba una misiva redactada a mano: «Señor Garrett, estimado.» En el día de ayer, depositaste su último dólar para asistir a un individuo que no conocías previamente. Ese individuo era mi progenitor. Posee demencia en fase inicial y había abandonado el domicilio sin su billetera. La mayoría de la población lo ignoró, salvo usted. Poseo una compañía dedicada al desarrollo y diversas propiedades ubicadas en la ciudad. Tras escuchar lo que hiciste, las últimas 24 horas han sido dedicadas al descubrimiento de tu identidad. Si se muestra dispuesto, me gustaría proporcionarle una posición laboral completa en mi organización, complementada con alojamiento para su familia en una de nuestras residencias vacantes. La nevera se encuentra repleta. La propiedad de la vivienda es de propiedad personal. Sin restricciones. Reaccionaste hacia mi progenitor como si fuera tuyo. Actualmente, por favor, concede mi favor. De manera sincera, «Patrick Wells.» Únicamente con propósitos ilustrativos. Me mantuve observando la carta. Mis rodillas experimentaron dolor y me vi obligada a sentarme. «Esto… esto es inconcebible». El individuo asintió. «Es auténtico, señor.» El Sr. Weller aguarda en la residencia para saludarte. «Podemos transportarte a ti y a los niños allí en el momento».

Regresé a la tienda, donde mis hijos se asomaron, exhibiendo una expresión de somnolencia y confusión. «Empaquen, chicos», exclamaba, con la voz agridada. «Nos dirigiremos al hogar». La travesía se experimentó como un sueño. La vivienda se encontraba en una zona tranquila con vías arboladas. Poseía una valla de color blanco, un columpio situado en el porche y un buzón con nuestros nombres previamente inscritos. Los niños ingresaron aceleradamente. «¡Camas!» Noah exclamaba. «¡Libros!» Lily exclamó, tomando un libro de relatos como si se tratase de un tesoro. Se encontraba una anotación en el refrigerador que indicaba: «Saludos, familia Garrett». Me desmoroné. Dentro del suelo cocina, con mis hijos envueltos alrededor. Durante esa noche, Patrick Wells vino. Posiblemente contaba con más de 40 años. Alto, con una apariencia amistosa, vistiendo una camisa abotonada y jeans. Sin fervor. Únicamente un apretón de manos y una sonrisa cálida. «Mi padre no recuerda mucho de estos días», afirmó con suavidad, «pero se acordaba de ti.» La modalidad de tratamiento adoptada. «Conllevaba todo». Intenté comunicarme; sin embargo, la emoción me cubrió la garganta. Me proporcionó un abrazo en el hombro. «Todos requerimos a un individuo que genere confianza en nosotros.» Se percibía como un individuo ajeno. «Déjame tener fe en ti.» Únicamente con propósitos ilustrativos. A partir de ese día, han transcurrido dos meses. Actualmente desempeño el rol de gerente de sitio en la empresa de Patrick. Poseo un duro, llevo un portapapeles y experimento una sensación de rejuvenecimiento. Estoy en mi hogar acompañado de mis hijos, quienes siempre están aguardando junto a la puerta. Lily inició su etapa preescolar. Ella llega al domicilio portando ilustraciones de corazones y arcoíris. Noah practica el deporte del fútbol. Su primer tanto fue marcado la semana pasada y declaró: «¿Es eso, padre?» «Lo procedí.» Se realizan panqueques los días sábados. La visualización de películas cada viernes. Poseemos nuevas rutinas. Poseemos nuevamente esperanza. Ocasionalmente, aún recurro a dicha gasolinera. Mantengo algunos billetes doblados en mi abrigo, en caso de que encuentre a alguien que pueda recordar mi pasado. Debido a la velocidad con la que todo puede evolucionar. Todo lo que se requiere… constituye un acto de benevolencia. Conclusión de la narrativa: En ocasiones, el acto más básico de benevolencia, particularmente cuando se requiere todo, puede reconfigurar la totalidad de tu existencia. Una acción positiva puede parecer una gota en el océano, sin embargo, para otro individuo, puede representar una salvaguarda. El mundo requiere una mayor cantidad de individuos que aporten, incluso cuando sus recursos son limitados. Dado que nunca es posible discernir quién está observando.

Un futuro incierto nunca es predecible. Esta obra se fundamenta en narrativas de la vida diaria de nuestros lectores y ha sido redactada por un autor de renombre. Cualquier similitud con nombres o localizaciones reales es meramente una coincidencia. Todas las imágenes se utilizan exclusivamente con propósitos ilustrativos.
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