En una casita al final de una calle tranquila en las afueras de Guadalajara, vivía Claudia con su hija de 6 años llamada Mariana. La casa, aunque algo antigua, estaba llena de calidez y risas. Mariana era una niña alegre, imaginativa y juguetona. Pero en los últimos días, comenzó a comportarse de manera extraña.

—“Mamá, esa muñeca me volvió a mirar”—dijo Mariana con voz temblorosa, señalando la muñeca de trapo colocada en el estante de la sala. La muñeca tenía el cabello negro largo, ojos de botones brillantes y una sonrisa bordada con cuidado. Había sido un regalo que Claudia le compró en un tianguis de pueblo meses atrás.
Claudia acarició el cabello de su hija y sonrió:
—“Ay, hija, las muñecas no pueden mirarte. Seguro lo estás imaginando. Anda, a dormir, que mañana tienes escuela.”
La niña asintió, pero sus ojos permanecieron fijos en la muñeca, como si esta siguiera cada uno de sus movimientos. Esa noche, Claudia escuchó un murmullo proveniente de la recámara de Mariana. Pensó que estaba hablando dormida y no le dio importancia.
Los días siguientes, Mariana comenzó a dibujar cosas inquietantes: una mujer de ojos enormes y oscuros, siempre acompañada de una muñeca idéntica a la del estante. Los dibujos estaban hechos en crayones negros y rojos, con trazos temblorosos, como si la niña dibujara con miedo.
Una semana después, Mariana ya no podía dormir. Se despertaba llorando en medio de la noche, diciendo: “La muñeca no me deja dormir.” Claudia se preocupó, pero pensó que era la imaginación de una niña sensible. Decidió guardar la muñeca en un armario, con la esperanza de que su hija olvidara el tema.
Esa misma noche, Mariana gritó aterrada:
—“¡Mamá! ¡Está aquí! ¡Está debajo de la cama!”
La niña se aferraba a su madre, temblando. Claudia encendió la luz y revisó debajo de la cama: no había más que algunos juguetes viejos. Abrazó a Mariana y le dijo suavemente:
—“No hay nada, mi amor. Solo fue una pesadilla.”
Pero al día siguiente, cuando Claudia abrió el armario para sacar ropa, la muñeca estaba otra vez sentada en el estante de la sala, como si nunca la hubieran guardado. Un escalofrío le recorrió la espalda.
La situación llegó al límite cuando, una tarde, Mariana cayó al suelo de la sala, sujetándose la cabeza con dolor. Sus labios se tornaron morados, sus ojos se abrieron desmesuradamente, fijos en la muñeca.
—“Mamá… dice que tengo que irme con ella…”—susurró antes de desmayarse.
Claudia la llevó de inmediato al hospital. Los médicos diagnosticaron crisis convulsivas de origen desconocido y recomendaron mantenerla en observación. Claudia, con el corazón destrozado, comenzó a recordar el tianguis donde había comprado la muñeca. La vendedora había sido una anciana de aspecto extraño, con una mirada fría. “Esta muñeca es muy especial”, le había dicho, “ella elige a quién pertenece.” En su momento, Claudia pensó que era solo una estrategia de venta.
Desesperada, llamó a un amigo periodista para investigar. A los pocos días, él la contactó con voz preocupada:
—“Claudia, ese tianguis no es normal. Se rumora que allí se venden objetos ligados a antiguos rituales. Esa muñeca podría estar ligada a algo oscuro.”
Horrorizada, Claudia regresó a casa para examinarla. Notó una costura floja en la espalda de la muñeca y la abrió con tijeras. Dentro encontró un mechón de cabello atado con hilo rojo y un papel viejo escrito en tinta roja con símbolos extraños. Lo más aterrador era que en el papel aparecía escrito el nombre “Mariana” con letras temblorosas.
De inmediato, buscó a don Ramiro, un reconocido curandero de la región. Cuando él vio la muñeca, se puso pálido.
—“Esto es brujería antigua. Esta muñeca fue preparada para amarrar el espíritu de una niña. Están absorbiendo la energía de tu hija. Si no rompemos este trabajo, Mariana corre peligro.”
Don Ramiro indicó llevar la muñeca a un antiguo templo en las afueras para realizar un ritual de liberación. Allí, colocó la muñeca en un círculo de sal con velas rojas alrededor. Cuando comenzó a rezar y entonar cánticos, el aire se volvió pesado. Claudia sintió un susurro detrás de ella, como una voz lejana.
De repente, la muñeca se encendió en llamas sin que nadie la tocara. En el fuego apareció una figura borrosa con el rostro de una mujer. Claudia se estremeció: era idéntica a la mujer de los dibujos de Mariana… y a su propia madre fallecida hacía más de veinte años.
—“Mamá…”—susurró entre lágrimas.
La silueta lanzó un grito desgarrador antes de desvanecerse en el aire. La muñeca quedó reducida a cenizas.
Tras el ritual, Mariana comenzó a recuperarse. Ya no hablaba de la muñeca ni sufría pesadillas. Claudia decidió mudarse a otra colonia, dejando atrás aquella experiencia.
Antes de irse, visitó la tumba de su madre y le dio las gracias:
—“Gracias por proteger a Mariana, aunque sea desde donde estés.”
En su nuevo hogar, Mariana volvió a ser la niña alegre de siempre. Una noche, mientras Claudia le leía un cuento, la niña preguntó con inocencia:
—“Mamá, ¿mi abuelita me quiere?”
Claudia la abrazó y sonrió con ternura:
—“Claro que sí, mi amor. Ella siempre está contigo, aunque no puedas verla.”
Y en ese instante, Claudia sintió una brisa suave recorrer la habitación, trayendo un calor sereno, como si su madre aún las cuidara desde el más allá.
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