Echó a su esposa embarazada por esperar una niña, pero pagó una fortuna para que su amante diera a luz a un niño en una clínica privada. Sin embargo, el mismo día del nacimiento, algo sucedió que cambiaría su destino para siempre…

Echó a su esposa embarazada por esperar una niña, pero pagó una fortuna para que su amante diera a luz a un niño en una clínica privada. Sin embargo, el mismo día del nacimiento, algo sucedió que cambiaría su destino para siempre…
La mañana amaneció tibia, con ese sol dorado que se cuela entre los cerros de Guadalajara.
Lucía caminaba despacio por el pequeño departamento, con su vientre enorme a punto de estallar. Cada paso le costaba trabajo, pero aún así acariciaba su barriga con ternura y susurraba:
—“Aguanta un poquito más, mi amor… ya falta poco para conocernos.”
Pero Héctor, su esposo, ni siquiera volteó a verla.
Desde que ella quedó embarazada, aquel hombre que antes la llenaba de promesas y palabras dulces se había convertido en un desconocido. Se quejaba de todo: del olor, de la comida, de su cansancio. La trataba con frialdad, como si la maternidad la hubiera vuelto invisible.
Esa noche, mientras Lucía doblaba con ilusión la ropita del bebé, él soltó la frase que la rompió por dentro:
—“El mes que viene te vas al rancho de tu mamá a tener al chamaco. Aquí todo es carísimo. Allá en el pueblo te atienden por unos cuantos pesos; aquí mínimo son diez mil. No voy a tirar el dinero nomás porque sí.”
Lucía lo miró, con lágrimas temblando en los ojos.
—“Pero Héctor, ya estoy de nueve meses… el viaje es largo, puedo tener complicaciones…”
Él se encogió de hombros, con una mueca de desprecio.
—“Ese es tu problema. Allá hay parteras. Y no quiero que sigas aquí quejándote todo el día.”
Esa noche, Lucía comprendió que el hombre al que había amado ya no existía.
Dos días después, con una maleta vieja y el corazón destrozado, subió al autobús rumbo a su pueblo, San Cristóbal de la Sierra.
Su madre, Doña Rosario, la esperaba en la terminal. Al verla bajar tan pálida y delgada, solo pudo abrazarla y llorar.
—“Mi niña… ya no llores. Quédate aquí conmigo. Yo te voy a cuidar.”
Mientras tanto, Héctor, apenas la vio marcharse, corrió directo a los brazos de Camila Ortega, su joven secretaria.
Ella también estaba embarazada… y le juró que esperaba un varoncito.
Él se sintió el hombre más afortunado del mundo.
—“¡Por fin mi heredero!”, presumía con orgullo.
No escatimó en gastos: la internó en una clínica privada de lujo, Hospital San Rafael, en una suite VIP, pagando casi cien mil pesos.
El día del parto, Héctor llegó con un ramo de flores enorme, radiante de felicidad.
“¡Mi hijo ha nacido! ¡Es igualito a mí!”, le escribió a todos sus amigos por WhatsApp, presumiendo la foto del bebé.
Pero esa alegría le iba a durar muy poco.
Esa misma tarde, una enfermera lo llamó para firmar unos papeles. Héctor caminó sonriente hacia el área de neonatos.
Al abrir la puerta, el alma se le fue al suelo.
Frente a él, con una mirada fría y severa, estaba Doña Rosario, su suegra.
—“¿Suegra?… ¿Qué hace aquí?”, tartamudeó él, sintiendo cómo el sudor le corría por la espalda.
Ella colocó una caja de leche sobre la mesa y dijo con voz firme:
—“Vine a ver a mi yerno… y al hijo del que tanto presume.”
—“Usted está malinterpretando, doña Rosario… esta muchacha es solo una amiga a la que estoy ayudando…” —intentó justificarse Héctor, nervioso.
Pero ella levantó la mano para hacerlo callar.
Sacó de su bolso un sobre y lo abrió lentamente.
—“¿Sabes qué es esto? Es una prueba de ADN. Le pedí al médico que la hiciera apenas nació el bebé. Y adivina qué… el niño no es tuyo, Héctor.”
El rostro de Héctor se desfiguró. Se quedó helado, sin poder decir palabra.
—“Eso no puede ser… Camila me juró que era mío…”
Doña Rosario soltó una risa amarga, una de esas que duelen más que un grito.
—“Despreciaste a mi hija porque esperabas una niña. La echaste a la calle para ahorrarte unos pesos. Pero para esta mujer gastaste cien mil. ¿Y para qué? Para criar al hijo de otro. ¿Ves cómo paga la vida, Héctor? Dios no duerme.”
Guardó los papeles en su bolso y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió a mirarlo una última vez.
—“Lucía está bien. Dio a luz una niña hermosa, sana, con los ojos más lindos que he visto. Y no te preocupes… ya tiene un padre. Pero ese hombre ya no eres tú. Desde hoy, ni mi hija ni mi nieta necesitan a un cobarde como tú.”
Cerró la puerta con un golpe seco.
Héctor se desplomó en la silla, con la cabeza entre las manos. Afuera, el llanto de un bebé resonaba en el pasillo —el mismo llanto que horas antes le había parecido un milagro.
Ahora era una burla.
Semanas después, la clínica lo llamó: debía pagar una deuda de más de ciento veinte mil pesos.
Camila había desaparecido, dejando todo a su nombre.
El departamento que había comprado para ella estaba embargado.
Su cuenta vacía. Su orgullo, hecho pedazos.
Mientras tanto, en el rancho, Lucía se recuperaba poco a poco.
El sol de la tarde bañaba los campos, y Doña Rosario la observaba con ternura mientras la joven mecía a su bebé.
—“¿Ves, hija? La vida siempre pone a cada quien en su lugar. Tú tienes amor… él solo tiene su culpa.”
Lucía besó la frente de su hija y sonrió entre lágrimas.
El viento soplaba suave entre los árboles, y por primera vez en mucho tiempo, Lucía respiró en paz.
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