Me casé con Javier a los 25 años, convencida de que el matrimonio sería mi refugio, mi puerto seguro. Pero tres años después, entendí que había confundido un infierno con un hogar.
Aquel martes en Guadalajara, el calor era sofocante y mi cuerpo ardía como si me consumiera por dentro. El termómetro marcaba 40 grados. Apenas podía mantenerme de pie; todo me daba vueltas.
Pensé en recostarme un momento, solo hasta que el medicamento hiciera efecto. Pero en cuanto Javier llegó del taller mecánico, la puerta se cerró de golpe detrás de él, y su voz rugió desde la sala:
—¿Dónde está la comida?
Intenté levantarme, pero las piernas me temblaban.
—Javier… tengo fiebre… no pude cocinar hoy —dije con voz apenas audible.
Él frunció el ceño y soltó una carcajada amarga.
—¿Y para qué sirves entonces? Si ni siquiera puedes poner un plato en la mesa, ¿de qué te sirve ser mujer?
Y sin más, me dio un golpe en la mejilla. Un golpe seco, brutal. El sonido resonó entre las paredes de aquella casa que una vez soñé llena de amor.
El ardor físico fue nada comparado con el dolor en el alma. Yo solo lo miré, con lágrimas y vergüenza.
—Javier, estoy enferma… —alcancé a decir, pero él ya se había encerrado en el cuarto, dejando tras de sí el eco de una puerta azotada.
Esa noche, entre fiebre y sollozos, entendí que el hombre con el que me casé nunca me había querido. Lo único que le importaba era tener a alguien que cocinara, limpiara y callara.
Al amanecer, con la luz dorada filtrándose por las cortinas, tomé una decisión que me devolvió la vida: iba a divorciarme.
Me puse una blusa limpia, tomé los papeles y bajé a la sala. Javier ni siquiera se inmutó cuando le puse el documento enfrente.
—Firma. Ya no quiero seguir viviendo así.

Pero antes de que él pudiera hablar, la voz de su madre, doña Leticia, retumbó desde la cocina:
—¿Qué dijiste, muchachita? ¿Divorcio? ¿Tú crees que en esta familia alguien se divorcia así como así?
La mujer salió con el mandil puesto y el ceño arrugado.
—Mira, muchacha, si cruzas esa puerta, te vas derechito a la calle. Nadie te va a querer. Vas a terminar pidiendo limosna en el mercado.
Sus palabras fueron como otro golpe. Pero ya no tenía lágrimas. Me mantuve firme, mirándola a los ojos.
—Prefiero pedir limosna, doña Leticia, que seguir viviendo humillada bajo este techo. Al menos en la calle, nadie me va a gritar ni a pegar.
Ella se quedó muda. Por primera vez, su rostro altivo perdió color. Javier, detrás de ella, trató de intervenir, pero bastó una mirada mía —serena y definitiva— para hacerlo retroceder.
Tomé mi maleta pequeña, la misma con la que había llegado tres años antes, y salí. Detrás de mí quedaron los gritos, la violencia y el miedo.
Encontré un pequeño cuarto en Tlaquepaque. Apenas cabía la cama y una mesa vieja, pero era mi espacio. Mi libertad.
Los primeros días fueron difíciles. Tenía que ahorrar hasta el último peso, pero me sentía ligera. Por las mañanas, abría la ventana y respiraba sin miedo.
Conseguí trabajo en una panadería familiar. El dueño, don Ernesto, me enseñó a amasar, hornear y atender a los clientes. Pronto, la gente comenzó a conocerme como “la chica de la sonrisa dulce”.
Un mes después, la fiebre era solo un recuerdo, y las heridas —físicas y emocionales— empezaban a sanar. Aprendí que la dignidad no se negocia y que ningún anillo vale más que la paz.
Tiempo después supe, por una vecina, que el negocio de Javier había quebrado. Los clientes ya no querían tratar con él.
Decían que no soportaban su carácter, y que su madre había discutido con todo el vecindario. Nadie quería comprarle ni saludarla.
El mismo pueblo que alguna vez me vio salir llorando, ahora los miraba con desprecio.
Y yo… yo solo sentí lástima.
No porque los odiara, sino porque entendí que la vida siempre cobra las deudas del corazón.
Hace poco, una amiga me preguntó:
—¿Te arrepientes de haberlo dejado?
Sonreí.
—No. Mi único arrepentimiento fue haber soportado tanto. Si no hubiera firmado aquel papel, todavía estaría allí, temblando cada vez que alguien alzara la voz. Hoy soy libre, y eso vale más que cualquier matrimonio.
Ahora, cada vez que paso frente al mercado y veo a las mujeres luchando por su sustento, pienso: no hay vergüenza en empezar de nuevo. La vergüenza es seguir donde te destruyen.
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