Poseía toda la riqueza que un hombre podría desear, pero en su pecho guardaba una verdad oculta que lo atormentaba cada día. Cuando decidió visitar aquel orfanato para realizar una donación, jamás imaginó que una niña de cinco años correría hacia él gritando “¡Papá!” frente a todas las cámaras. Lo que ocurrió después de ese instante transformó su destino de manera irrevocable.

Leonardo Valente tenía 42 años y una fortuna que la mayoría de las personas ni siquiera podía concebir. Sus compañías tecnológicas habían revolucionado el mercado latinoamericano. Sus inversiones se extendían por todo el continente y su nombre aparecía con frecuencia en las listas de los hombres más ricos de México.
Sin embargo, aquella mañana de marzo, mientras se vestía en su ático de la Ciudad de México, sus pensamientos no giraban en torno al dinero. Se centraban en algo que había evitado durante cinco años: enfrentar su pasado. Su asistente personal, Daniel, había llegado temprano como de costumbre, con la agenda del día meticulosamente organizada.
—Señor Valente, el coche lo espera abajo. La visita al Hogar Infantil Esperanza está programada para las once.
—La prensa estará presente para cubrir la donación —agregó Daniel.
Leonardo ajustó la corbata frente al espejo. Era un hombre alto, de cabello negro perfectamente peinado hacia atrás, con ojos verdes que habían aparecido en más portadas de revistas de las que podía recordar.
Pero en el reflejo, él veía algo que nadie más podía notar: el espectro de una culpa que lo perseguía desde hacía cinco años.
—¿Cuál es el monto de la donación? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Dos millones de pesos, señor. Para renovar las instalaciones y crear un programa educativo.
—Bien —respondió.
Pero nada estaba bien. Nada lo había estado desde aquella noche de diciembre, cinco años atrás, cuando tomó la decisión más cobarde de su vida.
El trayecto hasta el orfanato transcurrió en silencio. Leonardo observaba los edificios de la ciudad a través de la ventana del Mercedes, pero su mente estaba en otro lugar. En un pequeño departamento de la colonia Condesa, donde una joven de 23 años le había dado una noticia que cambiaría todo.
—Estoy embarazada, Leonardo.
Aquellas palabras habían salido de los labios de Juliana como una confesión, como una esperanza, como una pregunta que él no supo responder. En ese entonces, Leonardo tenía 37 años y acababa de cerrar el negocio más importante de su carrera. Estaba en la cima de su vida: soltero, libre, con todo el futuro por delante. Juliana era… complicada.
Era la hija de su empleada doméstica, una joven inteligente que estudiaba Pedagogía en la universidad mientras trabajaba a medio tiempo limpiando oficinas para ayudar a su madre. Se conocieron un día en que él llegó temprano a casa y la encontró organizando su biblioteca. Ella estaba leyendo uno de sus libros de economía, completamente absorta, con esa concentración típica de quien tiene una verdadera sed de conocimiento.
Cuando notó su presencia, se sonrojó y comenzó a disculparse.
—Lo siento mucho, señor Valente. No debería estar tocando sus libros.
—¿Te gusta la economía? —preguntó él.
—Me fascina. Estoy estudiando para ser maestra, pero creo que entender cómo funciona el dinero es importante para todo.
Aquella conversación llevó a muchas otras.
Juliana iba dos veces por semana a limpiar, y poco a poco Leonardo empezó a esperar con ansias esos días. Ella era diferente de las mujeres de su entorno social. Su dinero no le importaba; de hecho, parecía incómoda cuando él hablaba de sus negocios. Hablaba de sus alumnos como si fueran sus propios hijos. Tenía sueños simples, pero hermosos.
Quería abrir una escuela en su barrio. Quería ayudar a su madre a comprar una pequeña casa. Quería hacer del mundo un lugar mejor, poco a poco. La atracción fue inevitable, y el romance… el romance fue lo más auténtico que Leonardo había sentido en su vida.
Pero cuando Juliana le dijo que estaba embarazada, todo ese mundo perfecto se derrumbó. El pánico lo invadió. Su empresa estaba a punto de salir a la bolsa. Los medios seguían cada uno de sus pasos. ¿Qué dirían cuando supieran que había dejado embarazada a la hija de su empleada? ¿Cómo explicaría que se había enamorado de una joven de 23 años que limpiaba oficinas?
La cobardía prevaleció.
Le dijo a Juliana que necesitaba tiempo para pensar. Que era una situación complicada. Pronunció todas las frases que un hombre usa cuando no tiene el valor de asumir su responsabilidad… y luego desapareció de su vida. Cambió los horarios de su empleada para que Juliana no tuviera que volver. Bloqueó su número de teléfono y se sumergió en el trabajo, como si eso pudiera borrar lo que había hecho.
Seis meses después, su empleada le contó que Juliana había tenido una niña.
—Una bebé hermosa, señor Valente. Igualita a usted.
Las palabras se le clavaron en el corazón como puñales, pero fingió no darle importancia.
Dos años más tarde, supo que Juliana había tenido complicaciones posparto, problemas de salud que requerían tratamientos costosos. Su madre tuvo que vender la casa para pagar los gastos médicos. Juliana abandonó la universidad porque no podía estudiar, trabajar y cuidar de una bebé enferma al mismo tiempo.
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